El espacio Schengen se concibió como un pilar imprescindible de la integración europea, pensado para que más de 450 millones de ciudadanos transitaran sin trabas a lo largo de 29 países. No obstante, frente al optimismo inicial, las advertencias sobre sus riesgos nunca dejaron de existir, aunque resultaba impensable que la mayor amenaza para este sistema acabara procediendo de la gestión de un Ejecutivo español.
El funcionamiento del mercado común exige que los socios confíen plenamente en el control migratorio de sus vecinos, ya que la seguridad de naciones como Alemania depende directamente de los lindes exteriores en Ceuta y Melilla. Sin embargo, los recientes sucesos en Ceuta han dinamitado esa lealtad. Aunque el marco normativo contempla reinstaurar inspecciones de carácter provisional ante situaciones críticas, en el terreno político estas medidas de excepción suelen volverse definitivas. La imposición mutua de controles entre España e Italia lo ilustra con claridad, ante la sospecha de que un socio descuida los accesos externos, cualquier gobierno prioriza la rendición de cuentas ante su propia ciudadanía blindando su territorio.
Este deterioro no comenzó ayer. Las tensiones acumuladas desde la crisis de 2015, la amenaza yihadista, la pandemia, el flujo de refugiados de Ucrania, las crisis de Oriente Medio y el repunte de la inmigración irregular ya habían normalizado la reaparición paulatina de garitas que se creían extintas. En este frágil escenario, las declaraciones conmemorativas del tratado sobre reforzar la frontera exterior quedan en papel mojado, el manejo de Pedro Sánchez en Ceuta ha sido el golpe de gracia para una confianza comunitaria ya agonizante. La libre circulación que costó decenios edificar corre el riesgo de desmoronarse en cuestión de meses por los desatinos de Pedro Sánchez.
Si alguien pensaba que nuestro infame presidente solo estaba destrozando España, parece ser que, a nivel europeo, su forma de gobernar también empieza a causar estragos. No es de extrañar que se aferre al poder, con su fama, ni siquiera tendría la posibilidad de presidir algún organismo internacional serio. Es un apestado de la política, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.