Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci rompió un silencio de casi una década para publicar un feroz manifiesto en la prensa italiana.
En sus libros, la corresponsal de guerra que había entrevistado a personajes como Jomeini, Arafat o Kissinger abandonó la equidistancia periodística para lanzar una alerta super vehemente, Europa, según su diagnóstico, se encontraba al borde de la capitulación cultural y demográfica debido a la inmigración islámica masiva y a la apatía suicida de las sociedades occidentales.
Fallaci no abordaba la inmigración como un mero fenómeno socioeconómico ni como una cuestión humanitaria de acogida y mano de obra. Para ella, los flujos migratorios procedentes del mundo musulmán constituían una “cruzada al revés”, un proceso de conquista sutil, constante y desarmado que lograba por la vía civil lo que los ejércitos otomanos y sarracenos no consiguieron en su día pese a los muchos intentos.
Para ella, el islam no es solo una creencia religiosa individual, sino una teocracia política y social totalizadora, incompatible en sus fundamentos con la laicidad, el pensamiento crítico, las libertades individuales y la igualdad jurídica heredada de la Ilustración y el Renacimiento. Bajo esta premisa, sostenía que la inmigración musulmana no buscaba integrarse ni asimilar los valores de las naciones receptoras, sino sustituirlos progresivamente, argumentando que, a diferencia de oleadas migratorias pasadas que abrazaron la cultura del país de acogida, estas poblaciones llegaban con la firme convicción de que su fe y sus normas eran superiores.
A través de la presión demográfica combinada con una baja natalidad autóctona, lo que definió como la “guerra de los vientres”, Fallaci advertía de que Europa no estaba absorbiendo forasteros, sino transformándose aceleradamente en una provincia del mundo islámico, esa a la que denominó “Eurabia”.
Pero los culpables para Fallaci no eran los que llegaban, los culpables eran las élites y la intelectualidad europeas a las que acusaba de cobardía moral, hipocresía y autoodio civilizatorio, por su relativismo, corrección política y pacifismo ciego. Algo que es cierto y que vemos a diario, el miedo a ser tachado de racista o intolerante sigue paralizando el juicio crítico de gobernantes, periodistas y jueces. Ni se atreven ya a exigirles el estricto cumplimiento de las leyes occidentales en cuestiones como los derechos de las mujeres.
Hoy en día, ese dogma del multiculturalismo que abraza la izquierda y la derecha mansa ya está cuestionado por los partidos patriotas europeos y por cada vez más parte de sus respectivas ciudadanías convencidos de que todas las culturas no son equivalentes e intercambiables.
La civilización de la ciencia, la separación entre Iglesia y Estado y las libertades civiles tiene la obligación de defender su superioridad política y de valores frente a cualquier absolutismo teocrático como es el islam.
Lo cierto es, que occidente lleva décadas confundiendo la tolerancia con la sumisión, tolerando a quienes no nos tolerarán a nosotros en cuanto accedan al poder político.
Quisiera terminar con una frase de Oriana Fallaci, esa gran visionaria “una civilización no muere necesariamente por la fuerza de sus invasores, sino cuando pierde el orgullo por su propia historia y abdica de la voluntad de defender su derecho a existir”.