Durante los comicios regionales que se desarrollaron ayer en Sajonia-Anhalt, Alternativa para Alemania (AfD) logró un triunfo contundente al rozar el 44% de los sufragios. En contraste, la Unión Demócrata Cristiana (CDU) cayó al segundo puesto con cerca del 18%, sufriendo un desplome de veinte puntos. La tercera plaza la ocupó el Partido Socialdemócrata (SPD), apenas superando el 9%, seguido de cerca por Los Verdes y las dos formaciones comunistas, que alcanzaron un 8,6% y un 5,3% respectivamente.
Este desenlace ha causado una auténtica sacudida política. La prensa nacional y global ha insistido en presentar estos resultados como un hecho inédito, señalando que ninguna formación calificada de “ultraderecha” podría acumular poder territorial desde la caída del Tercer Reich, llegando a trazar paralelismos directos con el nacionalsocialismo.
Sin embargo, ese vínculo carece de fundamento. Alice Weidel, colíder de AfD, es homosexual, comparte su vida con una mujer originaria de Sri Lanka y se autodefine dentro de la corriente liberal. Sumado a ello, la formación respalda de forma rotunda al Estado de Israel y advierte del peligro que el fundamentalismo islámico representa para los judíos residentes en territorio germano. Con estos datos sobre la mesa, adjudicarles la etiqueta de nazis resulta insostenible.
Se trata, en realidad, de una táctica habitual de la izquierda en Occidente para descalificar a sus oponentes. El ideario de AfD se asienta en un conservadurismo estándar, defensa de la libertad de expresión, fomento de la natalidad, rechazo al aborto y oposición frontal a los flujos migratorios masivos. Son planteamientos plenamente válidos dentro de cualquier marco democrático, por mucho que se pretenda criminalizar a quienes los sostienen. Calificarlos de nazis por tales propuestas supone ignorar la realidad deliberadamente.
El crecimiento de AfD se explica por el desgaste del consenso entre la CDU y el SPD. Durante décadas, este bipartidismo, similar al escenario español, ha impulsado agendas socialdemócratas, verdes y proinmigración que han desembocado en profundas crisis económicas, energéticas y de cohesión social. AfD ha sabido canalizar ese hartazgo ciudadano, mientras sus adversarios, en lugar de rectificar los errores de gestión que alimentan ese ascenso, recurren a una retórica de estigmatización ya desgastada e ineficaz.
Contener el avance de AfD resulta claro: las fuerzas tradicionales deben dar marcha atrás en las políticas que han empobrecido a la población mediante una asfixiante carga impositiva, debilitado la industria del motor, encarecido la electricidad, deteriorado la seguridad ciudadana y tolerado la islamización en diversos sectores del país.
En un orden democrático genuino, resulta inadmisible descalificar la voluntad expresada masivamente en las urnas mediante etiquetas diseñadas para anular al rival. Quienes adoptan esa actitud son, en el fondo, los que actúan con auténticos métodos fascistas.