La grave situación política en la que está inmersa España y que tanto nos afecta a los españoles no hubiese sido posible si desde que Sánchez llegó al poder el PP no hubiese llegado con él a muchos acuerdos. Desde Génova siempre los han calificado como de hechos aislados o como pactos de Estado, pero la realidad es que el bipartidismo durante estas dos legislaturas ha seguido funcionando como un sistema de reparto de poder que a la postre ha favorecido la continuidad del sanchismo.
El PP ha renunciado con demasiada frecuencia a ejercer una oposición clara y diferenciada cuando ha aceptado acuerdos con el PSOE en materias institucionales, legislativas o estratégicas, tanto en España como en Bruselas. El problema no es únicamente que el PP pacte con el PSOE, sino que esos pactos se presentan ante la opinión pública como decisiones técnicas, inevitables o de Estado, cuando en realidad implican cesiones políticas de fondo.
Al haber acordado repartos de órganos constitucionales, instituciones reguladoras o espacios de decisión parlamentaria, PP y PSOE contribuyen a perpetuar el mismo modelo político, ese que cada vez más españoles combatimos, ya que ese entendimiento entre los dos grandes partidos no corrige los problemas del sistema, sino que los consolida.
El PP debería actuar como una alternativa real y no como un partido dispuesto a pactar por conveniencia con quienes han degradado la calidad democrática, la unidad nacional y la seguridad jurídica. Por eso, cada vez que populares y socialistas alcanzan y han alcanzado acuerdos sobre instituciones, reformas o nombramientos, el PP ha abandonado la confrontación política que dice defender y acaba participando en una lógica de consenso que beneficia siempre los malvados planes del Gobierno de Sánchez.
En el ámbito europeo, PP y PSOE, votan juntos en cuestiones que afectan a la soberanía nacional, a la política migratoria, al sector primario, a la industria o a la agenda climática. Consensos en la UE que reflejan una coincidencia ideológica más profunda de lo que ambos partidos admiten públicamente. El PP acompaña al PSOE en decisiones que perjudican a España y que responden a las prioridades de las élites comunitarias antes que a los intereses de los ciudadanos españoles.
En el terreno autonómico y local, los pactos entre PP y PSOE para desbloquear instituciones, aprobar presupuestos, distribuir cargos o cerrar acuerdos de gobernabilidad se presenten como soluciones pragmáticas a problemas concretos, aunque en realidad son una prueba de connivencia entre dos partidos que comparten una visión del poder basada en el reparto y no en la defensa de principios firmes. Desde esta óptica, incluso los acuerdos locales forman parte del mismo patrón, evitar el conflicto real entre PP y PSOE y preservar el sistema político vigente. Ese Estado del Bienestar bipartidista en el que los dos grandes partidos llevan instalados a nuestra consta durante décadas.
La realidad es que cualquier acuerdo entre PP y PSOE, sea local, nacional o europeo, confirma que ambos partidos forman parte de una misma estructura política que se protege a sí misma. Esos pactos no son actos de responsabilidad institucional, sino renuncias, concesiones o incluso traiciones a los votantes que esperan una oposición nítida al Gobierno de Sánchez. Mientras el PP siga pactando con el PSOE, no habrá una ruptura real con el actual modelo sanchista ni con el bipartidismo tradicional.
Con estos antecedentes, no nos podemos extrañar de que el actual PP de Feijóo se niegue a apoyar lo que VOX pide, sumarse a la petición de los de Abascal para aplicar el Art. 102 y juzgar a Sánchez por traición o que se nieguen a presentar una Moción de Censura. Si lo que está ocurriendo con Ceuta no es suficiente para que Feijóo y los suyos reacciones, es simplemente porque son un caso perdido.
De lo que acabo de exponer, se puede deducir con claridad que eso del voto útil al PP es un auténtico cuento chino, pues es el voto más inútil, pues la oposición se hace con hechos y no solo con palabras, por mucho que traten de disimular es solo vulgar cobardía.