Lo del PSOE ya no tiene nombre ni perdón de Dios, han cruzado la última línea roja al rebajarse a usar a auténtica chusma del narcotráfico como vulgares matones para amedrentar a la Justicia. La podredumbre que acaba de reventar en la cara de los españoles deja en pañales cualquier escándalo anterior y sitúa a este Gobierno directamente en el terreno de las organizaciones criminales. Ya no guardan ni las apariencias, operan a cara descubierta con métodos propios de un cártel bananero.
El escándalo destapado a principios de semana revela la maniobra más rastrera y nauseabunda que se recuerda en la política nacional desde la Transición. Los fontaneros de las cloacas de Ferraz no tuvieron reparo alguno en buscar los servicios de bandas de narcotraficantes para ajustar cuentas con la jueza Beatriz Biedma Rojano, la magistrada que tuvo la decencia de investigar el enchufe descarado y corrupto del hermano de Pedro Sánchez en la Diputación de Badajoz. La bajeza moral de esta trama llegó al extremo de someter a la instructora y a sus hijas a seguimientos asfixiantes que alcanzaron las mismísimas puertas del colegio de las menores. Que la magistrada mantuviera el tipo con una entereza admirable no quita que el plan de estos miserables estuviera a un paso de terminar en un derramamiento de sangre.
La orden que salió del entorno socialista hacia estos clanes de la droga fue clara, querían darle un “sustillo” a la jueza para doblegarla. Los testimonios publicados confirman que las cabecillas del narco recibieron dosieres enteros repletos de fotos, seguimientos e información íntima facilitada por los propios emisarios del partido para que apretaran las tuercas a la magistrada. Esto no es política ni guerra sucia convencional, es una mafia pura y dura instalada y dirigida desde La Moncloa, una piara de sinvergüenzas aferrados a las poltronas capaces de pisotear la ley, encargar hostigamientos y liquidar la independencia judicial con tal de tapar las vergüenzas de la familia del presidente. Un comportamiento que, por otra parte, encaja a la perfección con las compañías internacionales de Sánchez, un líder cuyos únicos apoyos exteriores son tiranías y regímenes sospechosos de estar podridos hasta la médula por el narcotráfico internacional.
Llevamos años soportando cómo el aparato del PSOE monta auténticas cacerías contra todo juez que se atreva a meter la nariz en los hediondos chanchullos que acorralan al sanchismo, a su partido y a su entorno familiar más directo. En cualquier país civilizado de Europa, una tropelía de este calibre provocaría la dimisión en bloque del Ejecutivo y la ilegalización inmediata de la formación por constituir una amenaza directa a la seguridad del Estado. Pero en España el régimen sigue adelante, demostrando de manera obscena que este país no es una democracia seria ni consolidada, sino un teatro grotesco donde un gobernante puede comportarse como un capo impune mientras se burla de la ciudadanía.