La Unión Europea vuelve a tomar una decisión que perjudica enormemente tanto a las empresas de alimentación como a los consumidores. Hoy entra en vigor el nuevo Reglamento de Envases y Residuos de Envases. Esta norma, creada por los burócratas de Bruselas, dice que su objetivo es fomentar el reciclaje y reducir la basura, pero detrás de esa idea hay una ley cuya primera consecuencia real es que la comida será más cara, porque las empresas tendrán que asumir el elevado coste de adaptarse a unas reglas muy estrictas que podíamos catalogar como de demenciales.
Este Reglamento marca un objetivo claro para 2035, que todos los plásticos deberán ser reciclables y cualquier material que se use para envasar tendrá que poder reutilizarse, sin ninguna excepción. Sin embargo, el verdadero propósito de la norma no es ayudar a productores y consumidores, sino obligar a todos a seguir a pies juntillas lo que dicen las agendas ideológicas a las que sirven, a financiar el gran negocio que se ha creado alrededor del ecologismo y de ese cuento de salvar el planeta. Las primeras consecuencias ya se notan, desaparecen las frutas envasadas en plástico y los sobres monodosis ¿Que alguien me explique cómo se van a evitar los contagios en por ejemplo, la restauración, si se comparte el contenido de envases de mayor tamaño? ¿Que alguien me explique cómo se va a articular la devolución de envases donde los adquiriste para que te devuelvan el importe de más pagado? ¿Volvemos medio siglo atrás cuando se devolvían y te abonaban los envases de vidrio? De locos.
Después de la famosa directiva sobre las botellas de plástico de un solo uso y de sus jodidos tapones que no se pueden separar, llega ahora un reglamento que nos empobrecerá a todos un poco más, a las empresas y a nosotros. Esta norma incluye una interminable lista de requisitos, algo que le encantará encantara a los ecologistas más radicales y a los burócratas más estrictos, pero en la práctica supone una carga enorme de obligaciones que puede poner en peligro la supervivencia de demasiadas empresas.
La Unión Europea parece empeñada en debilitarse en todos los campos, en lugar de ayudar a que sus empresas compitan en igualdad de condiciones con las de otros países, aumenta los trámites, los impuestos y las regulaciones. Es una Unión Europea que termina legislando contra su propia economía y contra sus ciudadanos. Dice que quiere proteger los derechos de los consumidores, pero acaba dañándolos. Afirma que defiende la competencia y el libre mercado, pero actúa justo al revés con una insistencia sorprendente. Ese cúmulo de normas, ese exceso de regulación y ese entramado legal son muy negativos para los intereses generales de los países europeos y, en lugar de simplificar, crean auténticos laberintos administrativos. La distancia creciente entre muchos ciudadanos y el proyecto europeo está muy relacionada con esta obsesión reglamentista, que se mete en las costumbres de la gente y dificulta la libre competencia. La clase política, tanto europea como nacional, está empeñada en imponer transiciones ecológicas desproporcionadas ante fenómenos climáticos que, incluso si aceptamos que están ocurriendo, no van a dejar de suceder porque Europa decida sacrificar su prosperidad.
El principal efecto de todo este sistema no se ve en la mejora del planeta, sino en la desventaja que sufren las empresas europeas frente a las economías que no están cargadas con este tipo de políticas verdes. Ante esto, los chinos y los norteamericanos deben estar haciendo palmas con las orejas.