España tropieza una y otra vez con los mismos errores. Cambian los siglos y los discursos, pero no el modelo, élites que anteponen su interés, una sociedad que tolera el deterioro y una reacción siempre tardía, cuando el daño ya es casi irreversible.
Nuestra historia demuestra que la nación se sostuvo cuando existió un proyecto común por encima de lo particular. Pero también evidencia lo contrario, divisiones internas y dirigentes más preocupados por imponerse entre sí que por fortalecer el país. El siglo XIX fue el ejemplo más claro, mientras Europa se modernizaba, España se consumía en conflictos internos.
Las naciones no se rompen de golpe, se desgastan. La degradación llega poco a poco, cada cesión parece menor, cada abuso una excepción. Hasta que deja de serlo. Cuando las instituciones se convierten en herramientas partidistas y la política se reduce al corto plazo, el Estado pierde dirección y autoridad. Sin proyecto histórico, solo queda la inercia. Y ese vacío se paga.
Ceuta es hoy la prueba. No es un problema local, es un síntoma nacional. Décadas de improvisación, ausencia de estrategia y renuncias acumuladas han dejado una ciudad bajo presión constante, economía debilitada, dependencia creciente, tensión migratoria y uso geopolítico externo. Nada de esto es nuevo, pero todo se ha normalizado.
España solo mira a Ceuta cuando estalla una crisis. Después, olvido. Promesas que se disuelven y problemas que continúan. Así se construye el deterioro, por abandono, no por accidente.
Ceuta refleja las debilidades del Estado, falta de visión, reacción en lugar de anticipación y una incapacidad persistente para actuar con coherencia en cuestiones estratégicas.
España tiene capacidad para corregir el rumbo. Siempre la ha tenido. La duda es otra, si aprenderá a tiempo o volverá a esperar hasta que sea demasiado tarde.
Y digo esto porque, aunque ahora todos estos problemas se han acrecentado enormemente por padecer un Gobierno de ineptos y traidores, en Ceuta nunca se hicieron bien las cosas.