Llevo más de seis décadas viviendo en este planeta y tengo que reconocer que desde mi experiencia como terrícola, todos los veranos me indigno bastante con esa pertinaz campaña de los medios de comunicación que con el ímpetu que les dan los fondos que reciben de los que pretenden implantar sus agendas ideológicas globales, como la Agenda 2030, nos lanzan el machacón y falso mensaje de que por culpa nuestra se está produciendo eso que ellos llaman el “cambio climático”, un constante cambio que por cierto se produce en nuestro planeta desde que existe y en el que por supuesto el ser humano tiene muy poco o nada que ver.
Cuando uno ve en un informativo un mapa de la península ibérica coloreado en naranja o en rojo y nos hablan de terribles olas de calor, aunque luego, si te fijas, es el mismo calor de siempre o hasta menos, eso de toda la vida se llama intentar “comerle el coco” a la población para después tomar medidas contra ella.
Ahora, los del “fanatismo climático” están entusiasmados con la ola de grandes incendios forestales que estamos sufriendo, cuando en realidad no están provocados por ese inexistente cambio climático que pregonan, sino que más bien, están provocados por la ideología ecologista y de la Agenda 2030, políticas que dificultan la prevención de incendios porque impiden o limitan tareas como limpiar montes, desbrozar, hacer cortafuegos, pastorear o mantener algunas infraestructuras rurales, además de la incompetencia y al abandono del campo, pues no se dejan hacer labores de prevención en el campo y el monte, y que por eso el terreno llega al verano más expuesto que nunca al fuego.
Cuando uno escucha hablar a un ecologista o a un izquierdista al que le interesa serlo para conseguir sus malvados fines, afirmar que hay que “restaurar la Naturaleza”, es decir, incrementar la acumulación de vegetación seca y combustible, debe saber que es el preludio de grandes incendios. Desgraciadamente, el bipartidismo, comparte responsabilidad por esas políticas y por no poner suficientes medios de prevención o extinción.
En definitiva, si en invierno no se limpia el monte, no se desbroza y no se permite el pastoreo o el uso tradicional del territorio, en verano hay más material seco y el incendio se propaga más rápidamente, quien no lo entienda debería pillar cita con un especialista, porque algo no funciona en su cerebro. Por eso, los incendios se apagan en invierno.