Hace tres días la Zarzuela soltó una noticia de peso, el Rey Felipe VI convocó en su despacho una reunión para analizar a fondo la defensa de Ceuta. Lejos de ser el típico posado para la foto o una visita de cortesía, fue un encuentro al más alto nivel con la cúpula militar y política. Allí estaban, cara a cara, la ministra de Defensa, Margarita Robles, el jefe máximo de las Fuerzas Armadas (el JEMAD), los generales que coordinan las operaciones en el terreno y el mando de tierra, y el propio comandante militar al frente de Ceuta.
Que el Rey hable con los militares es su rutina, pero que la Casa Real lo anuncie a bombo y platillo no lo es tanto. El mensaje llega en un momento caliente, con Ceuta muy tocada por la invasión del 30 de julio.
Ahora bien, no conviene confundirse, por muchas ganas de actuar o preocupación que tenga Felipe VI, no puede tomar decisiones por su cuenta. La Constitución dice que es el jefe supremo de las FFAA y tiene derecho a saberlo todo de primera mano, pero quien manda de verdad en el Ejército es el Gobierno. Por mucho que nos moleste, Pedro Sánchez y sus cómplices, que no Gobierno, son los únicos autorizados a mover tropas, diseñar planes de defensa o gestionar una crisis sobre el terreno.
Dicho de forma sencilla, el Rey no puede mandar soldados a la frontera por iniciativa propia, ni sustituir a Defensa, ni mucho menos declarar un estado de sitio, eso solo lo vota el Congreso a petición del Gobierno. Su rango militar es real sobre el papel y como símbolo institucional, pero no tiene una línea de mando paralela para dar órdenes prácticas. No obstante, todos entendemos, que ante una situación extrema sí que podría hacer valer su condición de jefe Supremo de las FFAA si viese que, por ejemplo, la unidad nacional peligrara, acordaos de su histórico discurso tras el golpe de Estado independentista en Cataluña. No olvidemos que es la última trinchera de nuestra patria y que en esa trinchera la mayoría de los españoles estaríamos con él.
Seguro que el Rey está deseando pisar Ceuta y Melilla, y un viaje oficial allí tendría un valor simbólico tremendo. Pero antes de pintar esa visita como una provocación internacional o un pulso diplomático, habrá que esperar a ver qué agenda lleva, qué dice o le permiten decir en sus discursos y quién le acompaña desde el Gobierno.
La realidad de fondo es clara, la situación en Ceuta se ha puesto tan seria que el Estado necesita que el Rey esté al tanto de todo, directamente por boca de quienes tienen los galones. En un escenario tan delicado, cualquier gesto en falso o cualquier palabra de más puede encender la mecha política y diplomática.
Aquí no se trata de qué nos gustaría que pasara, se trata de qué puede pasar respetando la Constitución y resto de leyes.