Hace apenas unos días, el dictador comunista Daniel Ortega ha terminado de quitarse la careta, en Nicaragua no volverá a haber elecciones. El país ha quedado oficialmente convertido en un régimen de partido único bajo el eufemístico nombre de “Frente Sandinista de Liberación Nacional”, donde la supuesta “liberación” consiste, en la práctica, en liquidar la democracia y aplastar cualquier rastro de libertad.
Nicaragua no cayó en dictadura de la noche a la mañana. Desde su regreso al poder en 2007, Ortega ha desmontado sistemáticamente las instituciones democráticas para garantizar que jamás pudiera perder unas elecciones reales. Ya en 2018 dejó claro de qué era capaz, su régimen asesinó a cientos de personas para aplastar protestas estudiantiles. Desde entonces, la represión no ha hecho más que intensificarse, incluyendo una persecución anticatólica feroz que ha llegado incluso a prohibir la Semana Santa, una de las tradiciones más profundas del país.
Y aun así, el régimen de Ortega ha sido blanqueado de forma constante por medios de comunicación de distintos países, que evitan llamarlo por lo que es, una dictadura de extrema izquierda. En España, este blanqueamiento resulta especialmente escandaloso, con medios estatales o alineados con el gobierno de Pedro Sánchez colaborando en ese silencio interesado. No es casualidad que se trate del único gobierno de la Unión Europea con ministros comunistas.
Hoy, las dictaduras comunistas mantienen sometida a una quinta parte de la humanidad: China, Corea del Norte, Cuba, Eritrea, Laos, Nicaragua, Venezuela y Vietnam. Regímenes abiertamente totalitarios que, sin embargo, siguen formando parte de la desacreditada ONU. El absurdo que alcanza niveles grotescos cuando Nicaragua preside el comité encargado de supervisar organizaciones de derechos humanos. Es decir, una dictadura vigilando a quienes denuncian las dictaduras. Parece una broma macabra, pero es una realidad.
Lo ocurrido en Nicaragua debería ser una advertencia clara, allí donde el comunismo se consolida en el poder, la democracia desaparece. Lo verdaderamente incomprensible es que aún existan democracias que toleren partidos que aspiran a destruirlas desde dentro. Entre ellos, los partidos comunistas. Una democracia no puede permitir que quienes buscan eliminarla utilicen sus propias reglas para hacerlo.
Ante este escenario, la izquierda española ha optado por el silencio más absoluto. Ni socialistas ni comunistas han dicho una sola palabra. Ni Yolanda Díaz, ni Sira Rego, ni Enrique Santiago. Nadie. Ese silencio no es casual: revela incomodidad, complicidad o ambas cosas. Sánchez y sus socios prefieren mirar hacia otro lado, quizá porque Nicaragua es uno de los espejos en el que se miran y lo añoran.
Son los mismos que, con ligereza, llaman “fascistas” a todos aquellos que no comparten sus postulados. Los mismos que hoy callan ante una dictadura real, brutal y sangrienta. Un silencio que los retrata con más claridad que cualquier discurso.
Es lo que quieren para nuestro país y la ciudadanía
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