Ceuta es española porque su vinculación a la Corona de España se consolidó muchos siglos antes de que existiera Marruecos, y porque su integración se produjo mediante actos jurídicos internacionales y decisiones políticas propias de sus habitantes.

La presencia ibérica en Ceuta comenzó en 1415, cuando el reino de Portugal conquista la ciudad en el contexto de la expansión atlántica y del control del estrecho de Gibraltar. Más de un siglo después, en 1580, Portugal y España se unen bajo la dinastía de los Austrias (Unión Ibérica), y Ceuta pasa a formar parte del dominio español como parte de esa unión dinástica.

El momento decisivo se produce en 1640, al romperse la Unión Ibérica. porque mientras Portugal recupera su independencia bajo la casa de Braganza, los ceutíes rechazan reconocer al nuevo rey portugués y deciden jurar fidelidad a Felipe IV de España, incorporándose así de hecho a la Corona de Castilla. Esta voluntad política local es clave, pues no es una anexión impuesta desde fuera, sino una opción de la propia ciudad y sus habitantes.

Esa situación se ratifica jurídicamente en el Tratado de Lisboa de 1668, que pone fin a la guerra entre España y Portugal y reconoce oficialmente la soberanía española sobre Ceuta. Desde entonces, Ceuta forma parte del territorio español de manera continuada, con estatus administrativo propio que culmina en 1995 con su constitución como ciudad autónoma dentro del ordenamiento constitucional español.

Cuando Ceuta se integra definitivamente en España, el Estado marroquí tal como hoy se conoce no existía. Las dinastías que dieron forma al Reino de Marruecos se consolidan después, y la independencia moderna de Marruecos frente a Francia y España se produce en 1956. En ningún momento previo a 1956 Ceuta formó parte de un “Reino de Marruecos” con soberanía efectiva sobre la ciudad.

La soberanía española sobre Ceuta no nace de una ocupación colonial del siglo XX, sino de procesos medievales y modernos (conquista portuguesa, unión dinástica, opción local y tratado internacional de 1668) reconocidos por el Derecho de la época y mantenidos sin interrupción. Por eso el Derecho internacional no la considera colonia, y la ONU la trata como provincia española plenamente integrada.

Además, el Gobierno español nunca ha negociado la soberanía de Ceuta porque la considera parte del territorio nacional, posición respaldada por la gran mayoría de la población española y por el propio estatus constitucional de ciudad autónoma.

Desgraciadamente, el problema está en nosotros mismos por sufrir una clase dirigente incapaz de poner el interés nacional por delante del beneficio inmediato. Una sociedad que se resigna mientras el deterioro avanza poco a poco. Y una reacción colectiva que llega con fuerza, esperemos que no demasiado tarde, cuando el daño ya es muy grande.

Porque una nación no es solo un territorio o una administración, es sobre todo un proyecto histórico compartido entre varias generaciones. Cuando la política pierde esa visión de futuro y se limita al cálculo electoral, el Estado deja de planificar a largo plazo y se conforma con gestionar el presente.

Ceuta no es un problema local, sino una cuestión nacional. El deterioro de su economía, la presión migratoria constante, la creciente dependencia del sector público, la pérdida de competitividad tras el cierre del comercio irregular y el uso de la ciudad como instrumento de presión geopolítica no son problemas nuevos. Son la consecuencia de años sin una estrategia nacional clara y coherente.

España parece haber aceptado que Ceuta viva en una situación excepcional permanente. Solo se vuelve la mirada hacia la ciudad cuando una crisis migratoria, un conflicto diplomático o un suceso grave obligan a fijarse en ella durante unos días.

La pregunta es si esta vez aprenderemos la lección antes de que Ceuta deje de ser una advertencia y vuelva a convertirse en el inicio de un fracaso que podía haberse evitado.

Siempre se ha dicho, que los españoles dejamos de pelearnos entre nosotros cuando nos unimos ante un enemigo exterior, aunque ahora el gran problema es que nuestro traidor Gobierno es cómplice de ese enemigo. El día 2, los españoles tenemos la oportunidad de manifestarnos contra esos dos enemigos, Marruecos y nuestro Gobierno. No podemos fallarle a nuestra patria, no podemos fallarle a nuestra historia, no podemos fallarle a nuestros compatriotas ceutíes.

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