Los sevillanos deberían estar
eternamente agradecidos a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado por
haber impedido que se cometiera una masacre terrorista islámica en su Semana
Santa, aunque todos sabemos que nuestra policía no es infalible y que tarde o temprano
sucederá lo inevitable.
Europa tiene dos problemas,
la primera es, que se ha permitido que el enemigo esté ya dentro, de hecho, el
detenido en Sevilla es hijo de un imán que estaba matriculado en la Universidad
de Sevilla, una familia que de seguro estaba regada con dinero público del que
pagan sus presuntas futuras víctimas, esas que ven como a sus hijos se les
niega lo que se le da con alegría a los hostiles parásitos que nos invaden; y
la segunda, que el cóctel explosivo de unas fronteras en absoluto blindadas y
la maldición que supone el Tratado de Schengen, permite que quienes quieren
acabar con nuestra civilización lo tengan extremadamente fácil.
Lo ocurrido en Notre Dame es
otro aviso, pues lo allí ocurrido podría haber tenido un origen fortuito o
provocado. Como ya es norma, las autoridades nos dicen que optan porque no ha
sido provocado antes de haber sido investigado. Conociendo la cobardía europea,
estoy seguro de que, aunque fuese un atentado, jamás lo reconocerían. Todos
hemos visto en RRSS la alegría con la que fue recibido el incendio en buena
parte del colectivo musulmán francés.
Me repugna la hipocresía de
la clase dirigente europea, esos que cuando se creó la UE se negaron a hacer
mención a las raíces cristianas de Europa, ahora derraman sus lágrimas de
cocodrilo. Europa, sin Roma y sin la Cruz, no sería Europa.
