En poco más de tres décadas, Barcelona, ha pasado de ser, la ciudad más moderna, cosmopolita y vanguardista de España, a convertirse en un lugar del que el que puede se va, y el que no puede, sueña con poder irse. En Barcelona hace tiempo que no se puede vivir con normalidad, pero además ahora, ni siquiera se puede vivir con el mínimo de seguridad exigible.
La extrema izquierda organizada y violenta, ha encontrado en distintos colectivos sus aliados, los okupas, los menas, y los delincuentes en general. Mientras unos incendian las calles de manera coordinada y planificada, terrorismo puro y duro, los otros se dedican al saqueo. Y lo más curioso de todo, los dirigentes separatistas de la Generalidad se niegan a dar las órdenes pertinentes para acabar con esas bandas de terroristas callejeros.
Como resultado de la inacción del gobierno catalán, los sindicatos de los Mossos denuncian el malestar existente en el Cuerpo, y advierten de que, a este paso, pronto habrá muertos. Lo mismo que ocurre entre los miembros de la Guardia Urbana de la Ciudad Condal, quienes denuncian que la alcaldesa Colau no les protege.
En la Barcelona de hoy en día, tener un negocio es arriesgarse a encontrarlo al día siguiente, saqueado o destruido, tener un vehículo aparcado en la calle, es acostarte sin saber si al día siguiente lo encontrarás como lo dejaste, es un auténtico sin vivir.
Pero pese a todo, si cuatro de cada cinco catalanes, han votado a los que no quieren acabar con el problema, pues uno piensa que se lo han ganado a pulso.