Hay guerras que no avisan. No llevan uniforme, no izan banderas, no disparan. Pero golpean igual o más fuerte: desgastan la soberanía, erosionan la voluntad política y vacían la capacidad de defensa de un país.
Seguir pensando en la guerra clásica es un error cómodo. En el siglo XXI no se trata de ocupar territorio, sino de quebrar al adversario hasta que ceda por sí mismo. Eso es la guerra híbrida, presión constante, diplomática, económica, informativa, tecnológica o migratoria, para imponer objetivos sin necesidad de invadir. Ceuta no es una anécdota. Es una advertencia. Y también el retrato de un Gobierno que no responde con firmeza cuando su territorio es puesto a prueba. No es un episodio aislado, es un mensaje al exterior, España es vulnerable. Ceuta no es periferia, es España. Si su control depende de decisiones de terceros, el problema no es fronterizo, es estructural. Es un problema de credibilidad. Y cuando un país pierde credibilidad, pierde influencia, pierde respeto y pierde capacidad de decisión.
Lo más grave no es la presión, es la pasividad. Se administran las consecuencias mientras se esquivan las causas. Se maquillan los hechos con eufemismos para no asumir la realidad. Pero la realidad no desaparece porque incomode: una frontera sigue siendo una frontera, y la soberanía no se negocia en el lenguaje.
Europa tampoco está a salvo. Lleva demasiado tiempo externalizando su seguridad y confiando en equilibrios precarios. Es una apuesta irresponsable. Los sistemas políticos empiezan a caer cuando renuncian a defender sus propios límites.
No es una cuestión de recursos, es una cuestión de voluntad. Se ha puesto en duda la legitimidad de las fronteras, cuando son precisamente lo que hace posible la libertad política. Sin control, no hay soberanía. Sin soberanía, no hay política. La reputación de un país no se construye con discursos, sino con hechos. Y se destruye rápido cuando demuestra que no puede o no quiere protegerse. Las fronteras no son líneas en un mapa. Son la última barrera entre existir como nación o diluirse. Ceuta no es un caso más. Es una señal. Ignorarla no la hará desaparecer.
Estamos gobernados por un peligroso psicópata, las consecuencias de su apocalíptico mandato son tan graves, que nos costará décadas enderezar el rumbo de nuestra Nación y eso, siempre y cuando el Partido Popular entre en razón y “en vez de pretender hacerse un nuevo Rajoy” tenga claro que hay que cambiarlo todo para impedir que si llega en el futuro un nuevo “hijo de la gran puta” al poder, el Estado disponga de los instrumentos necesarios para impedirle hacer lo que este desalmado ha perpetrado.
Evidentemente, junto a Rajoy no estaba VOX, mientras que ahora sí que lo va a estar y va a mirar con lupa todo lo que hagan los de Feijóo en todo lo que esté bajo su responsabilidad. Los españoles nos jugamos, no mucho, casi todo, y hasta que no nos demos cuenta de ello, nuestra patria no volverá a ser grande en todos los ámbitos.