Si este fuera un país
serio, ayer por la mañana se hubieran presentado ante Artur Mas miembros de las
Fuerzas de Seguridad del Estado, lo hubieran detenido y lo hubieran trasladado
a una prisión de la capital del Estado.
Ningún país democrático
serio hubiera consentido que un presidente de una región se pronunciase en los
términos que lo hizo ayer, en la carta abierta que le publicó el diario El
País, teniendo en cuenta que el propio Mas es el máximo representante del
Estado en esa comunidad.
Pero este no es un país
serio, aquí hay una ciudadanía excesivamente manipulable y unos políticos,
mediocres y despreciables, salvo honrosas excepciones.
En esa carta, Artur Mas,
asegura que “España insulta, maltrata y amenaza” a una Cataluña que ya no puede
vivir bajo el yugo del Estado. Se erige en representante de la comunidad y
todos sus habitantes, y advierte de que ya no hay marcha atrás y que no acatará
las leyes ni obedecerá las resoluciones del Tribunal Constitucional si se
interponen en el camino a la independencia.
Con las afirmaciones del
sedicioso presidente catalán, es más que suficiente para aplicar de inmediato
el Art. 155 de la Constitución, intervenir la comunidad y suspender las falseadas
elecciones del 27 de septiembre. Sé de sobra que Rajoy no se atreverá a
hacerlo, pero le auguro “que si ahora no quiere tomarse una taza, posiblemente
pronto tenga que tomarse diez” por su dañina pasividad.
Según los últimos sondeos,
los partidos constitucionalistas (Cs, PSC, PP y UDC) no pasaran del 40% de los
votos, desconociéndose lo que hará la coalición formada por Podemos e ICV, que
con su casi 13% podría ser decisiva a efectos de porcentajes.
A mí de todas maneras, me
sigue costando creer que la mayoría de los catalanes opten por tirarse del
avión sin paracaídas, el 27-S saldré de dudas.
