Hace años que el cambio climático ha dejado de ser un debate puramente científico para convertirse en una especie de religión, un acto de fe ajeno a la objetividad de los datos, cuyos profetas, como la zumbada de Greta, se dedican a pregonar el fin del mundo para generar alarmismo y de este modo, poder influir tanto en los medios como en las agendas políticas de los gobiernos.

Se equivocan quienes piensan que el temido calentamiento global tan sólo tiene que ver con la protección del medio ambiente, puesto que, en realidad, se trata de la nueva excusa de la izquierda para, de una u otra forma, imponer su ideario intervencionista, liberticida y gravemente empobrecedor.

Todos los calentólogos, en mayor o menor medida, apuestan por el estatismo como única forma posible de frenar el cambio climático o, al menos, combatir sus funestas consecuencias. Pero, ¿cómo? Mediante el socialismo. Es decir, exacerbando hasta límites insospechados el poder de los gobiernos para determinar el estilo de la vida que deberían llevar a cabo sus respectivas poblaciones, empezando por la forma de consumir y producir energía, cuyo precio se dispararía, junto al resto de bienes y servicios.

Y todo ello en base a un supuesto consenso científico que, por mucho que se diga lo contrario, está muy lejos de ser unánime. Una red internacional formada por cerca de mil científicos y profesionales de reconocido prestigio se encargan hasta la extenuación de pregonar que “no existe emergencia climática”. Firmaron un manifiesto, en el que entre otras cosas dicen, que los factores naturales, no exclusivamente antropogénicos, causan calentamiento; que éste, además, es mucho más lento de lo pronosticado por el grupo de expertos de la ONU (IPCC); que la política climática se basa en modelos de medición y previsiones inadecuados; que el CO2, pese a su mala fama, es la “base de toda vida en la Tierra”; que el calentamiento global no ha aumentado los desastres naturales; o que, en definitiva, “no existe causa de pánico ni alarma”.

Estos científicos añaden que “El objetivo de la política global debe ser la prosperidad para todos proporcionando energía confiable y económica en todo momento. En una sociedad próspera, los hombres y las mujeres están bien educados, las tasas de natalidad son bajas y las personas se preocupan por su medioambiente”, añade el documento. Las fuertes restricciones planteadas, junto con el fuerte encarecimiento de la energía, por el contrario, obtendrán como resultado un mayor empobrecimiento económico. Y, por si fuera poco, aun tomando como cierto el catastrofismo que venden los ecologistas, el mundo está muy lejos de su fin, ya que, según las últimas previsiones de la Agencia Internacional de la Energía, el aumento de las emisiones de CO2 y, por tanto, la subida media que alcanzará la temperatura global a finales de siglo se encuadrarían en el escenario moderado que elabora el propio IPCC, por debajo de 2 grados. Es decir, todo apunta a que sí se alcanzarán los objetivos de reducción fijados, evitando con ello los peores pronósticos.

Es imprescindible conocer, que el precio de la electricidad se ha disparado allí donde los gobiernos han apostado firmemente por las energías renovables, como es el caso de España, con una subida próxima al 80% en la última década, Alemania, con un 51% extra durante su expansión solar y eólica entre 2006 y 2019, o Dinamarca, donde el precio se ha más que duplicado desde 1995, cuando intensificó el despliegue de renovables.

El cuento verde del calentamiento esconde, por tanto, dos amenazas muy reales que poco o nada tienen que ver con el pretendido fin del planeta: el primero, el regreso del socialismo más abyecto y ruinoso bajo la excusa del cambio climático; y el segundo, el empobrecimiento de la población, con especial incidencia en el Tercer Mundo, debido a la subida de la luz y la fiscalidad. Y todo ello en base a un alarmismo injustificado en el que abundan las falacias, las exageraciones y los funestos designios de falsos e interesados profetas.

El cofundador y ex presidente de Greenpeace, Patrick Moore, ha denunciado que todo lo que se afirma sobre el cambio climático es un “engaño y estafa” que se ha apoderado del mundo científico “mediante la superstición y una especie de combinación tóxica de religión e ideología política”. Para Patrick Moore, hay que recuperar el mensaje lanzado en su día por John Coleman, el difunto creador de Weather Channel, que calificó el calentamiento global como “la mayor estafa de la historia”. En su opinión, son “el miedo y la culpa” los sentimientos que están impulsando el argumentario del “cambio climático”.

El movimiento global que denuncia “el cambio climático” ha corrompido a los políticos y las burocracias institucionales para ejercer un mayor control sobre las personas, explicó Moore, que señala, además, que las empresas “verdes” solo existen a costa de los contribuyentes. “Y así tienes el movimiento verde creando historias que infunden miedo en el público. Tienes a los medios de comunicación que actúan como inmensas cámaras de eco que repiten una y otra vez las noticias falsas de que están matando a tus hijos, y luego tienes a los políticos verdes que están comprando a científicos con dinero de los Gobiernos para producir temor difundiendo materiales con apariencia científica; y luego están los negocios ecológicos y los grandes capitalistas que están aprovechando los subsidios masivos y los encargos gubernamentales relacionados con las tecnologías verdes para incrementar sus fortunas. Y, por supuesto, están los científicos que están dispuestos, básicamente, a estar permanentemente enganchados a las subvenciones del Gobierno sobre este tema”.

Afirma Patrick Moore que la mayor falsedad es hablar de “un 99 por ciento de consenso entre los científicos sobre el cambio climático”. “Es una cifra completamente ridícula y falsa, ya que la mayoría de los científicos que están divulgando constantemente esta teoría catastrófica reciben dinero público. Lo que hacen estos llamados científicos es simplemente producir más miedo para que los políticos puedan usarlo para controlar la mente de las personas y obtener sus votos, porque algunas personas están convencidas de que “¡Oh, este político puede salvar a los niños de la muerte por el cambio climático!”. Para Moore, la situación es tan dramática que “la creencia ciega en el calentamiento global antropogénico amenaza el razonamiento moderno en sí mismo. De hecho, esta abominación que está ocurriendo hoy en día con el tema del clima es la mayor amenaza para la Ilustración que ha ocurrido desde Galileo. Pocas cosas son comparables a este engaño gigantesco en la historia de ciencia. Se están apoderando de la ciencia a través de la superstición y se ha producido una especie de combinación tóxica de pseudoreligión e ideología política. No hay ninguna verdad en esto. Es una completa estafa”.

Basta con echar un poco la vista atrás para percatarse de la gran farsa que supone el apocalipsis climático, tal y como evidencian las predicciones fallidas formuladas en los últimos 50 años. Ni las terribles hambrunas predichas, ni que el Ártico se quedaría sin hielo hace ya muchos años, ni la destructiva subida del nivel del mar, ni el racionamiento de agua y alimentos, ni la lluvia ácida que mataría los lagos, el agujero de ozono ya habría acabado con la vida en la tierra.

Todo, una gran farsa, de la que muchos “listos” se están enriqueciendo, Al Gore, les marcó el camino y los papás de Greta lo siguieron. Si realmente queremos mejorar nuestro planeta, este no es el camino, la mentira nunca lo es.

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