Desde las elecciones de 2015, el partido de Pablo Iglesias, ese que llegó a nuestra política con el nombre de Podemos, para tratar de camuflar que era un simple Partido Comunista y así engañar a demasiados incautos, ha perdido representación en todas las elecciones autonómicas.
La única excepción ha sido Cataluña, donde consiguieron mantener sus ocho escaños, pero en el resto de regiones, el balance es demoledor, el partido morado cae en picado.
La decisión de Iglesias de dejar el Gobierno para ser candidato a la Comunidad de Madrid, es suicida, y confirma la gran debilidad de su partido, un proyecto totalitario que, de no cambiar su tendencia, se verá abocado a la desaparición en poco tiempo.
Ser candidato de un partido al que los sondeos le daban cero diputados, al no superar el 5% exigido para tener representación, es un verdadero salto al vacío, donde lo más probable es que te estrelles.
En tiempos de Julio Anguita, los comunistas españoles lograron su máxima representación parlamentaria, y lo consiguieron denominándose lo que eran en realidad, comunistas; pero los de ahora, tratan de ocultar lo que son, y les va muy mal. Aún recuerdo, cuando decidieron llamarse IU y dejaron las históricas siglas del PCE arrinconadas, no funcionó, pues ahora, si cae Podemos, cae IU y cae el PCE. Todos están metidos en el mismo barco, ese que hace aguas. Algo que por otra parte es lo normal, pues representar a una ideología que en el último siglo ha sido el mayor azote de la Humanidad, y que ha acabado con la vida de 130 millones de personas, debe pasar factura.