Que Albert Rivera y su
partido, Ciudadanos, tengan que recurrir a un político francés, dice mucho.
Demuestra que en la política española es cada vez más difícil encontrar a gente,
válida y honrada.
El ex primer ministro de Francia,
Manuel Valls, es un político que cada vez que habla rebosa sentido común, y que,
sin ser español, defiende la españolidad de Cataluña, con pasión, pero no nos
equivoquemos, él nada tiene que ver con el socialismo español, pues representa
la moderación y al progresismo bien entendido.
La jugada de Rivera es muy
clara, si consigue que Valls acepte su proposición de ser candidato a la
alcaldía de Barcelona, presentaría a un caballo, valorado y ganador, que
levanta grandes expectativas incluso en quienes no son sus votantes naturales,
y por otro lado, camuflaría de alguna manera su ideología derechista, esa que
parece acomplejarle tanto. Estamos ante una operación que rezuma oportunismo
pero que reconozco es brillante.
Pero hay un asunto en
relación a este tema del que nadie habla, parece no acordarse nadie de aquello
de las primarias y de la democracia interna. Ahora parece, que el partido que
se autodenominaba regenerador, que el partido que pretendía imponer las
primarias a los demás, se las quiere saltar a piola y pretende imponer un
candidato a sus militantes de Barcelona. Cuando nos mentía Rivera, ¿antes o
ahora? Cuando copiaba la democracia interna de UPYD para demostrar que se
parecía al partido magenta, o ahora, cuando ansía el poder a cualquier precio y
le importa un pimiento lo que piensen sus bases. Al final actúa como los viejos
partidos, las bases a currar gratis y dedocracia para designar candidato.
Manuel Valls aún no le ha
contestado a Rivera, pero por lo que declaró ayer en el acto de entrega del
premio de SCC con el que fue galardonado, todo parece indicar que podría
aceptar el ofrecimiento. Tiempo al tiempo.
