La pasada semana, Estefanía Martín, vocal de Vox en el distrito sevillano de Cerro-Amate, fue brutalmente agredida de una pedrada en la cara, teniendo que ser hospitalizada. Antes de esta agresión ya había recibido amenazas de muerte, dicho ataque fue silenciado por la mayoría de los medios de comunicación. El Ayuntamiento de Sevilla y los demás partidos no han querido condenar la agresión, y parece que todos están de acuerdo en mantener este indignante silencio.
Pese a que la presidencia de Vox en Sevilla se puso en contacto con Juan Espadas, alcalde socialista, la vocal agredida “sigue sin seguridad” pese a que, tras la agresión, Estefanía, ha vuelto a recibir amenazas de muerte en su domicilio con el texto de “puta de Vox fuera o muerta”. Se ha exigido al ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, protección para ella, haciéndole responsable si volviese a ocurrir algo.
Los que se escandalizan cuando alguno de los suyos recibe el más mínimo insulto o amago de agresión, cuando la agredida es de Vox, guardan un infame silencio. En una democracia moderna, si no se tiene claro que hay que condenar cualquier acto violento contra un miembro de un partido político, y más si es parlamentario, por muy adversario político que sea, es que algo está fallando, y ese algo, terminará por pasar factura a la sociedad que lo permite.
Mientras que esa izquierda cínica acusa constantemente a Vox de ser un partido de ultraderecha, resulta que como vemos, en los últimos tiempos, los militantes y cargos públicos de Vox son los únicos agredidos o que sufren amenazas. Más de uno tendría que volver a sacarse el carnet de demócrata.
En la cuatro, por casualidad, unos comentarios diciendo que era una noticia falsa, lesión auto provocada y bla, bla bla. Lo malo es que el «personal» se lo cree.