Vivimos unos momentos muy
difíciles, sobre todo, para los que nos negamos a que se carguen esa España en
la que nos ha tocado vivir y para la que nos prepararon, con mucho esfuerzo y
sacrificio, nuestros padres.
Las fuerzas políticas
antiespañolas, es decir, la izquierda radical y los nacionalistas, aprovechando que en La Moncloa habita un
presidente amoral y rehén de ellos, han decidido, echar toda la carne en el
asador y acabar con la Nación más antigua de Europa.
Ese “Por Dios, por la
Patria y el Rey” que cantaban los
tradicionalistas, se ha convertido en el objetivo a destruir por parte de
quienes quieren arrebatar el futuro a nuestros descendientes. Se está
desplegando desde hace mucho tiempo, una campaña para erradicar a Dios de la
sociedad y recluirlo al ámbito estrictamente privado, olvidando que esta
España, sin sus raíces cristianas, no sería lo que es y llegó a ser. El
perverso adoctrinamiento al que someten a nuestros menores, tanto en las
escuelas como a través de los medios, ha conseguido que ya muchos, ni siquiera
sepan diferenciar el bien del mal, y así le va a nuestra sociedad. Y lo dice
alguien como yo, que claramente tiene una visión laica de la política.
Pero no es solo eso, es que
además, con el cómplice de turno, ese PSOE de Pedro Sánchez, están pretendiendo
que nuestra Nación se convierta en un Estado Confederal, es decir, el desastre
del Estado Autonómico multiplicado por cien, la forma de Estado más injusta y
menos igualitaria, como paso previo a la absoluta desintegración de España. Y
para conseguirlo, saben que es indispensable cargarse a la Monarquía. Los
ataques a nuestro Rey se prodigan, pues los enemigos de este gran país saben,
que Felipe VI es a fecha de hoy quien encarna la legitimidad histórica y
constitucional.
Nuestro Rey, se ha
convertido en la última trinchera de defensa de la Nación española, y el único
que puede revertir esta situación si llegase a la implosión, pues él y las FFAA
que dirige, en caso de que los políticos no hicieran lo que deben, son los
garantes últimos, los defensores de esta España milenaria que heredamos de
nuestros abuelos.
Y lo curioso es, que digo
lo que digo, sin ser monárquico, y denominándome transversal, pero el cerebro
lo debemos tener principalmente para darnos cuenta de los graves peligros que
se ciernen sobre nosotros, sobre nuestros hijos, y sobre todo, para ese futuro
lejano que jamás conoceremos.
Sin Dios, sin Patria y sin
Rey. Así nos quieren de débiles.
