Se sigue hablando, y mucho,
en la mayoría de los medios, de la reforma de nuestra Carta Magna. Creo que es
conveniente recordar, que allá por 2006, Zapatero instó al Consejo de Estado
para que emitiera un dictamen en ese sentido, y así lo hizo.
Por aquel entonces, el
Consejo de Estado en su dictamen barajó una serie de opciones para dicha
reforma: Fin de la preferencia del hombre para acceder al trono, revisión del
sistema autonómico, reforma del Senado e integración europea. Dejando también
muy claro en su dictamen, que el objetivo de la reforma era mejorar el
funcionamiento del Estado, y que si esa condición no se daba la reforma no era
aconsejable.
Lo triste del actual debate
sobre la reforma de nuestra Constitución, es que está provocado por el desafío
de los separatistas catalanes, y por ello, se entiende erróneamente que debe
satisfacer las pretensiones nacionalistas. Partiendo de esa base, la reforma
sería un error histórico, pues los enemigos de España no darían nada a cambio,
no cederían ni un milímetro en sus pretensiones de romper la nación española.
La Constitución es el
principal arma que tiene una nación democrática para hacer frente a los
enemigos de esa nación, si se ve que tiene carencias o disfunciones que impiden
hacer frente y derrotar al enemigo interno, debería reformarse de inmediato
para que esa nación disfrutara de más fortaleza y unidad.
Para los que proponen una
reforma que nos lleve a un modelo federal sin concretar absolutamente nada,
decirles que cualquiera de los modelos federales que funcionan en la actualidad
en otros países, ninguno de ellos permitiría ni el uno por ciento de la
deslealtad de que hace gala el gobierno catalán.
Dejémonos de historias, la
reforma de nuestra Constitución solo se justifica si es para fortalecer los
mecanismos de cohesión constitucional y la de unir a los ciudadanos españoles.
