Parece evidente que nos
encontramos ante una ofensiva en toda regla contra la monarquía. Los que nos
dijeron que llegaban a la política para hacer más justa nuestra sociedad,
parece que lo hacen desde el sectarismo y el revanchismo, sintiéndose herederos
de las fuerzas políticas, que precisamente, por sus desmanes hicieron fracasar
la II República.
No podemos olvidar, que
España es una monarquía por decisión soberana de todos los españoles, y que por
ley, tal y como establece el Real Decreto de 1986 sobre Reglamento de
Organización, ordenamiento y régimen jurídico de las entidades locales, la
efigie o imagen de Su Majestad el Rey, estará en un lugar preferente del salón
de sesiones de los ayuntamientos. Eso es lo que dice la ley y eso es lo que hay
que cumplir.
Lo que ha hecho Ada Colau
en Barcelona, ahora empieza a extenderse a otros ayuntamientos donde ostentan
la alcaldía las marcas blancas de Podemos o los partidos separatistas,
justificándolo banalizando unos símbolos nacionales que todos los españoles
tenemos la obligación de asumir. Nuestra bandera, nuestro himno y la efigie del
Jefe del Estado tienen que ser respetados, porque con ellos nos sentimos identificados
la gran mayoría de los ciudadanos de este país.
Aquí no se trata de decorar
al gusto del que gobierna un salón de plenos, aquí se trata de cumplir la ley.
Soy uno de esos ciudadanos
que jamás me he sentido monárquico, pero que siempre he respetado a nuestro
jefe del Estado, tengo la impresión de que si siguen en esta actitud los que se
sienten herederos de los perdedores de nuestra Guerra Civil, al igual que otros
muchos, terminaré por sentirme monárquico, pues Felipe VI en el tiempo que
lleva como rey ha tenido un comportamiento ejemplar y no se merece lo que está
sucediendo. Y lo que acabo de decir ni mucho menos me inhabilita para seguir
combatiendo las injusticias de nuestra sociedad.
Espero y deseo que los que
están protagonizando este esperpento republicano recapaciten y utilicen el
poder que les han otorgado los ciudadanos, en intentar solucionar problemas y
mejorar el bienestar de los ciudadanos, y no en resucitar viejos odios de
nuestro más triste pasado.
Afortunadamente, la generación
que ahora protagoniza estos hechos no participó en esa Transición en la que se
optó por el perdón y la reconciliación, pues entiendo que ellos hubieran optado
por repetir los errores del pasado.
