Tras el reconocimiento por
parte de Jordi Pujol de sus actividades ilícitas, se ha producido una auténtica
avalancha de declaraciones políticas y miles de artículos de opinión. Lo cierto
es, que muy pocos se han atrevido a decir lo que de verdad ocurrió, que no es
otra cosa que desde que Felipe González era presidente del Gobierno, desde el
caso Banca Catalana, todos conocían a qué se dedicaba la familia Pujol en
particular y el nacionalismo catalán en general.
Como a los dos grandes
partidos podía hacerle falta el apoyo de CiU para gobernar en Madrid,
sencillamente les permitían dedicarse al noble arte de la mangancia, siempre y
cuando, permitirme que me tome la licencia de decir esta grosería, “no les
tocasen los huevos”.
¿Y qué es lo que ha
cambiado para que la familia Pujol fuese investigada? Pues muy sencillo, CiU se
echó al monte haciéndose independentista y el bipartidismo entendió roto el
pacto tácito existente en torno a la familia Pujol.
Pero es que no es solo la
familia Pujol, la propia Asamblea Nacional Catalana está envuelta en un
presunto fraude que podría ser constitutivo de delito fiscal por haber tratado
de encubrir ingresos ilícitos. Hablamos de financiación ilegal, de un millón y
medio de euros.
Que la corrupción y el
fraude se han convertido en divisa del nacionalismo catalán es evidente, un
nacionalismo que además de estar instalado fuera de los principios legales y
democráticos, también lo está de la moral pública.
El pueblo catalán siempre
ha sido un pueblo inteligente, por ello me sorprende que una parte de ese
pueblo se atreva a poner su futuro en manos de quienes se dedican a malversar,
defraudar y corromper.
Los catalanes no pueden
poner su futuro en manos de una élite que lleva la corrupción en su código
genético.
