¿Alguien puede seguir pensando que la desconfianza internacional hacia España viene motivada única y exclusivamente por la economía?

Me atrevo a decir con rotundidad, que no. Soy de los que llevan, mucho tiempo ya, diciendo que nuestro país padece varias crisis de proporciones alarmantes, la nacional, la institucional y la política, y ahora, como consecuencia de las anteriores, la económica. Todas estas crisis son conocidas en el exterior y es una de las causas por las que no se fían de nosotros, rectifico, no se fían de nuestros gobernantes y de nuestros políticos. Lo curioso es que de nuestros gobernantes y partidos políticos los ciudadanos tampoco nos fiamos, aunque por algún motivo desconocido, les seguimos votando.

Posiblemente, el caso Bankia haya significado la gota que colmaba el vaso, ha causado indignación entre la ciudadanía española y estupor en los países democráticos. Un caso donde PP y PSOE están intentando que los ciudadanos, los damnificados, no sepan nunca la verdad.

Si repasamos hoy la prensa, podemos encontrar noticias que demuestran el grado de podredumbre de nuestro sistema democrático, “El TSJC anuló ayer una ordenanza del ayuntamiento de Barcelona que imponía el catalán como lengua preferente, el alcalde de Barcelona se niega a cumplir la sentencia”. “El gobierno procede judicialmente contra la alcaldesa de Alsasua por negarse a colocar la bandera nacional en el balcón del Consistorio”. “La vicealcaldesa de Fuenlabrada acusada de malversación de fondos públicos por utilizar personal municipal para construir su chalet”, y podemos afirmar que estos no son los casos mas graves que sacuden a diario nuestra democracia.

Vivimos en un país donde hay más leyes que en ningún otro, pero donde solo tienen que cumplirlas los ciudadanos de a pié, los que atesoran poder político o económico se las suelen saltar a la torera. Vivimos en un país en donde la corrupción política está tan arraigada que empieza a verse como algo normal, se empieza a escuchar demasiado a menudo la famosa frase de “yo también lo haría si pudiera”. Vivimos en un país donde ultrajar los símbolos nacionales sale gratis, basta con remitirse a la final de la Copa del Rey. En definitiva, vivimos en un país con una parte importante de la población al borde de la desesperación y que repudia a sus políticos, todo ellos fruto de una democracia fallida.

Siempre defendí cambiar el sistema desde dentro, empiezo a pensar que eso puede resultar imposible. La ciudadanía anhela una democracia real, representativa y participativa, donde la honestidad y los valores de justicia, igualdad y solidaridad se defiendan a diario, pues bien, con los partidos políticos de siempre, eso es imposible y lo han demostrado con creces.

Siempre pensé en la posibilidad de que se propiciara una segunda Transición, en donde, aprendiendo de los errores del pasado, nos diésemos un sistema democrático justo. El problema es que en la actualidad no hay políticos de la suficiente talla para abordar semejante reto, y si los hay, están en partidos, que hoy por hoy, no tienen opciones reales de gobierno, hablo de Rosa Díez o de Albert Rivera, quienes optan por la regeneración democrática.

Como podéis observar al leer estas lineas, hoy me he levantado un poco pesimista, lo que sucede es que con la que tenemos encima y la piara de impresentables que tenemos como representantes políticos, me resulta difícil albergar algún “brote verde” de optimismo.

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