Mientras a los españoles se nos restringen libertades fundamentales, se nos limita la movilidad, siguen entrando por nuestras fronteras extranjeros procedentes de países donde aún está peor la situación, se les exige un PCR y de forma muy aleatoria se les pide, dando por hecho que esa prueba no está falsificada. Desde Francia llegan millares de jóvenes para emborracharse aprovechando que aquí son menores las restricciones que en el país galo. Y yo me pregunto, de que sirve que la mayoría de los españoles cumplamos las normas, máxime si hasta con los nacionales que no las cumplen el Estado es tan blandito, de qué sirve, si somos un coladero donde el virus entra sin oposición.
Con la alegría que se recibió la aprobación de Schengen, de esa Europa sin fronteras, y ahora se convierte en el principal problema, pues la libre circulación de personas ayuda a la propagación de la pandemia, lo mismo que ayuda a delincuentes, criminales y terroristas.
Se nos vacuna sin saber cuanto tiempo durarán los anticuerpos en nuestro organismo, sin ni siquiera saber si esa vacuna nos protegerá de todas las cepas existentes y sobre todo, se nos vacuna sin explicarnos que las vacunas son absolutamente distintas, pues nada tiene que ver una basada en ARNm, de una basada en adenovirus o vectores virales. Nadie nos puede garantizar que las de ARNm (Pfizer y Moderna) no nos provoque a medio y largo plazo, efectos secundarios serios y hasta irreversibles, eso de llamarte y ponerte la que en ese momento esté disponible, es un atropello. Al menos, en otros países, como Serbia, te dan a elegir.
Y mientras tanto, el Gobierno no permite que las vacunas se vendan libremente en las farmacias, pues de esa manera, aparte de ser libres de elegir, todo el que esté dispuesto a pagarla se la pondría, pero no, Sánchez quiere controlar el solo el desastre, quiere seguir gobernando sin control parlamentario, como a él le gusta, a lo “dictadorzuelo”.