A los vecinos de Valencina de la Concepción nos anunciaron con entusiasmo que una estación del tren de cercanías estaría en nuestro pueblo. Lo que no nos dijeron entonces es que esa estación sólo podría ser utilizada por los vecinos que dispusieran de vehículo a motor.
Nos pusieron la estación pegada a Santiponce y por medio había una cuesta sólo abordable por ciclistas de nivel. Ni siquiera decidieron construir un carril bici que uniera en linea recta la estación con el centro urbano del pueblo, serían apenas dos kilómetros y permitiría llegar andando. Tampoco existe servicio de autobuses.
Hoy he acudido a la estación por primera vez y me he encontrado que en ella no hay ni un solo empleado, que no hay ni siquiera máquinas expendedoras de tickets ya que, al no haber empleados fueron reventadas en numerosas ocasiones y han optado por no reponerlas más. Dejar allí el vehículo aparcado es asumir un gran riesgo, ya que sin vigilancia y en lugar apartado, robar debe ser “coser y cantar”.
Para más inri, varios usuarios me han dicho que la mayor parte de los días viajan totalmente gratis ya que los revisores son pocos y casi nunca se coincide con ellos, por lo que tampoco se puede pagar el billete en el tren.
Cuando vivimos tiempos de crisis económica y observamos una gestión tan nefasta de un servicio público, lo primero que se nos viene a la cabeza es, ¿que ocurriría si lo que tenemos se gestionara bien?
Lo que se deduce de todo esto es que de lo único de que se trataba, cuando la inauguró José Blanco, el entonces Ministro de Fomento, y el alcalde de Valencina de la Concepción, Antonio Suárez, era simplemente hacerse la foto, para su mayor gloria.