Esta semana se ha producido un crimen que no interesa en absoluto a la izquierda ni a las feministas. En el barrio de El Alquián, en la ciudad de Almería, se produjo un incendio en el que aparecieron carbonizados los cuerpos de una mujer y de sus dos hijos de 5 y 10 años. Todo apuntan a que la mujer africana asesinó a sus pequeños y luego se suicidó. Si el que asesina, no es un hombre y es inmigrante, lo de siempre, sobre el caso se cierne un manto de silencio propiciado por el Gobierno, la izquierda política y mediática, y por supuesto, el feminismo.
Es evidente que, tan criminal puede ser un hombre como una mujer, y que un crimen no es más o menos condenable por el hecho de que el autor tenga tal o cual nacionalidad. Lo pasmoso es que, desde el gobierno, desde la mayoría de los partidos políticos y desde la mayoría de los medios se transmita la idea de que hay crímenes menos relevantes porque no se ajustan a la enfermiza visión de la sociedad que tiene la izquierda, según la cual, si un hombre mata a una mujer, sea cual sea el móvil del crimen, es algo que se debe atribuir a un “machismo” estructural y al odio a las mujeres, pero si el crimen lo comete una mujer, entonces se impone la ley del silencio.
La izquierda condena en función de lo que la persona tenga en la entrepierna y de su pasaporte. Para ellos, hay víctimas de primera y de cuarta. Y lo penoso es que parte de la derecha se ha plegado a sus dogmas desde hace ya demasiado tiempo.