El Papa Francisco condenó, en una de sus audiencias de los miércoles, los esfuerzos que realizan los distintos Estados por regular la inmigración, atreviéndose a afirmar que aquellos que trabajan concienzudamente para repeler a los inmigrantes están cometiendo un “pecado grave”.
También afirmó sobre el tema de la inmigración que “quisiera detenerme con ustedes para pensar en las personas que, incluso en este momento, atraviesan mares y desiertos para llegar a una tierra donde puedan vivir en paz y seguros”.
El Pontífice también señaló la disparidad entre las riquezas de las diferentes sociedades, comentando que “en la época de los satélites y de los drones, hay hombres, mujeres y niños migrantes que nadie debe ver: están escondidos. Sólo Dios los ve y escucha su grito. Y esta es una crueldad de nuestra civilización”.
Volviendo a las Escrituras, Francisco comparó la inmigración actual, un fenómeno especialmente enfocado hacia Europa desde África y hacia los Estados Unidos desde la frontera sur, con la “gran migración” del pueblo judío que fue sacado de la esclavitud en Egipto por Moisés.
Durante su discurso, Bergoglio no hizo distinción entre inmigración legal e ilegal, ni tampoco sobre la manera en que los inmigrantes deben ser recibidos y aclimatados a la cultura local, un aspecto sobre el cual la Iglesia tiene una enseñanza clara. Sus palabras parecieron ser una invitación general a aumentar la inmigración de cualquier tipo, en estos tiempos, por muy Papa que se sea, es una gran irresponsabilidad.
Me sorprende que, aunque gran parte de Europa está viviendo un marcado aumento de la violencia vinculada a la inmigración ilegal, a menudo por parte de musulmanes, Francisco ha seguido pidiendo más inmigración en lugar de menos.
De este Papa, todo se puede esperar, amplifica aún más el “efecto llamada” uniendo el suyo a ese mensaje impregnado de buenismo irresponsable de la izquierda. A nuestro actual Papa se le olvida que, ante el peligro que supone para nuestra civilización cristiana la llegada de inmigrantes procedentes de culturas incompatibles con la nuestra y que quieren imponer la suya, su mensaje en nada ayuda y en todo perjudica.
Pero no es solo eso, es que, además, el mensaje que lanza el Papa Francisco es contrapuesto a lo que su antecesor, el Papa Benedicto XVI, expuso en 2011 en su mensaje para la 97ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, donde defendió los derechos de los países de origen a restringir dichas entradas afirmando que “los Estados tienen el derecho de regular los flujos migratorios y de defender sus propias fronteras, garantizando siempre el debido respeto a la dignidad de toda persona humana. Los inmigrantes, además, tienen el deber de integrarse en el país de acogida, respetando sus leyes y su identidad nacional”. También Juan Pablo II escribió en la misma ocasión, esta vez en 2001, que el ejercicio del “derecho a emigrar debe ser regulado, porque ejercerlo indiscriminadamente puede causar daño y ser perjudicial para el bien común de la comunidad que recibe al migrante”.
Es evidente, que del Papa Francisco a Benedicto XVI y a Juan Pablo II, hay todo un abismo ideológico y me da la impresión de que los católicos del mundo nos sentíamos mucho más a gusto con la forma de pensar de sus antecesores, pues nos es muy difícil entender que el máximo representante de la Iglesia católica en la Tierra dé opiniones que puedan a conllevar poner en peligro nuestra civilización, la cristiana.
Todo está en la biblia, en el apocalipsis, como le dijo San Juan Pablo II a mi hermano.