En apenas doce horas, el
magistrado Pablo Llarena, ha conseguido que la alegría y la felicidad, aunque
sea momentánea, vuelva a inundar los corazones de esa mayoría de españoles que
hemos asistido perplejos a todo lo que ha ocurrido en Cataluña durante
demasiado tiempo.
En doce horas de auténtico
vértigo, este magistrado dictó el procesamiento de veinticinco responsables
sediciosos acusándoles de los delitos de rebelión, malversación y
desobediencia; envió a prisión provisional sin fianza a Turull, Rull,
Forcadell, Romeva y Bassa; y cursó órdenes de detención internacional contra
los seis fugados.
El magistral auto de
procesamiento describe con claridad como el separatismo planificó al menos
desde 2013, una campaña para romper con la unidad constitucional de España, un
plan que puso las instituciones catalanas al servicio de una trama delictiva y
criminal financiada con dinero público que se dedicaba, entre otras cosas, a
agitar las calles, y que nunca tuvo reparos en utilizar la violencia.
Ahora solo queda esperar lo
que decida el presidente del Parlamento catalán, o asume la derrota y presenta
a un candidato limpio de cargas judiciales, o persiste en un conflicto que está
condenado a perder. Dispone de poco tiempo, pues el reloj se ha puesto en
marcha, no creo que ir a unas nuevas elecciones les convenga a los
separatistas.
Resultó ayer vomitivo el
victimismo del entorno de los encarcelados en su despedida, ellos no son
víctimas, son canallas que han tenido secuestrados durante décadas a la mayoría
de los catalanes, que han pisoteado a diario sus derechos y sus libertades.
