Ayer fue uno de esos días, que gracias al deporte, mas de uno de nosotros se sintió orgulloso de ser español. Y es que, como tenemos tan pocas oportunidades de sentirnos de esa manera, aprovechamos los grandes éxitos deportivos para que nuestro patriotismo latente se desborde.
La pena, la desgracia, es que ese sentimiento solo emerja a través del deporte. En las demás facetas, la política o la social, estamos en una situación que no es precisamente para enorgullecerse.
Ayer fue nuestra selección nacional de fútbol, la que brillantemente se clasificó para la final de la Eurocopa, otras veces han sido Rafael Nadal o Fernando Alonso u otros, los que han conseguido que nos sintamos muy orgullosos de sus éxitos, y nos identifiquemos con ellos bajo una bandera común.
Aquí, la gran pregunta es, una Nación que es capaz de dar a luz hijos tan insignes como nuestros deportistas de primera fila, ¿como es posible que dé políticos tan malos y tan mediocres?
Es una pena que las virtudes y los valores que demuestran nuestros deportistas, no se encuentren en nuestros políticos, es una pena que la entrega, el sacrificio y el juego limpio no estén presentes en la realidad política, ni en amplios sectores de nuestra sociedad.
Que pensarán los que se avergüenzan de nuestros símbolos nacionales por motivaciones políticas, cuando ven a la mayoría de nuestra juventud envolverse en ellos con orgullo. A mí personalmente me satisface enormemente y me hace ver una luz en el horizonte, la luz de que todo no está perdido, de que ellos son el futuro, un futuro esperanzador para esto que llamamos España.