El año 2015 ha sido
histórico para el mercado laboral español. Según la EPA del cuarto trimestre,
el paro descendió en 678.000 personas en los últimos doce meses. El número de
desempleados (4,8 millones) cayó a su cifra más baja desde 2010. Y aunque casi
cinco millones de parados y una tasa de paro del 20% siguen siendo una
barbaridad, podría decirse que hay un cierto optimismo. La sensación es que lo
peor ya ha pasado.
Pero sigue siendo muy grave
la situación de los grupos más vulnerables del mercado laboral, y me refiero al
de los parados mayores de 45 años. El desempleo de larga duración junto con las
bajas tasas de salida y la escasa eficiencia de los servicios públicos de
empleo generan un considerable riesgo de exclusión social y económica entre
este colectivo.
En España, mientras
consigues mantenerte en la rueda del mercado laboral todo va más o menos bien.
Pero si te caes de la rueda, entonces las posibilidades de reincorporarse son
mucho menores. Y cuanto más tiempo pase, mucho peor. Hay un núcleo de personas
que cada vez lo tienen más difícil. A partir de los seis meses sin empleo, las
opciones se desploman.
En España hay ahora mismo
más de 1,7 millones de mayores de 45 años que están en paro. De ellos, algo más
de 250.000 llevan entre uno y dos años en paro y casi un millón llevan más de
dos años. Es decir, el 72% de los desempleados de más de 45 años son de larga
duración.
Es un tema fundamental que
no acaba de estar sobre la mesa de los partidos ni ocupa todo el espacio que
debería en los medios. Es una enorme pérdida de talento para toda la sociedad
(se arrincona a personas que todavía tienen mucho que aportar) y una carga muy
complicada de asumir para las cuentas públicas (hablamos de personas que no
producen, no pagan impuestos y empiezan a cobrar una prestación muy pronto y
con muchos años de vida por delante). Parece que no nos damos cuenta de la
magnitud del problema.
Entre los mayores de 50, el
nivel de frustración que acumulan todos ellos es fácil de imaginar.
Cabría preguntarse si existen
soluciones para este colectivo. Lo cierto es, que lo hecho hasta el momento no
está funcionando. Un periodo de desempleo de más de dos años aumenta la
probabilidad de transición a la inactividad. Los trabajadores poco cualificados
y las personas mayores son mucho más propensos a abandonar el mercado laboral.
Lo lógico sería copiar lo
mejor que han hecho nuestros vecinos de la UE, empezando por mejorar la
colaboración público-privada. En otros países, las agencias privadas obtienen
más fondos en función de los parados que consiguen sacar de su desempleo y aún
más si el desempleado pertenece a un grupo especialmente vulnerable y si
mantiene el empleo a largo plazo. Es decir, no es sólo buscar una agencia para
que encuentre cualquier trabajo, sino incentivar que esa tarea tenga como fin
la incorporación real al mercado laboral con garantías de estabilidad.
El sistema público de
empleo español solo sirve para pagar prestaciones, pero nunca se ha diseñado
para la colocación de parados. Su nombre debería ser cambiado.
