No voy a negar, que Mariano
Rajoy cogió una España arruinada por un gobierno del PSOE, y la deja mucho
mejor que la encontró. Pero de ninguna de las maneras suscribo ese aplauso
norcoreano que le dispensaron sus compañeros de partido tras anunciar su
dimisión.
Si en su gestión económica,
se le puede otorgar un 6 sobre 10, en todo lo demás le daría un suspenso. Ha
dispuesto de una mayoría absoluta para tomar medidas que solucionen las graves
crisis que padece nuestro país, la crisis nacional, la crisis institucional, la
crisis democrática, y otras muchas, y no le ha dado la real gana de
afrontarlas.
Heredó un partido con diez
millones de votos y con mucho poder político, y lo deja en ruinas y podrido por
la corrupción. Heredó un partido que defendía, los principios y los valores,
que siempre ha atesorado la derecha española, y lo ha dejado sin identidad.
Para mí siempre será el
despreciable presidente que engañó a todos los españoles, y sobre todo a las
víctimas del terrorismo, cuando nos dijo que soltaban a Bolinaga porque estaba
a punto de morir, y este criminal se paseó durante casi tres años por el País
Vasco inaugurando Herrikotabernas y asistiendo a actos de enaltecimiento de
terroristas. Rajoy se cargó al PP vasco de la dignidad y puso a quienes
tragarían con la aplicación de las políticas continuistas de Zapatero.
Y en Cataluña, su actuación
ha sido la de uno de los políticos más cobardes que recuerdo, nunca cumplió con
su obligación de cumplir y hacer cumplir las leyes, dejó que los jueces se mojen
y él no tomó decisiones políticas de envergadura.
La culminación de sus
despropósitos ha sido, dimitir un martes en vez de hacerlo el jueves anterior,
y así propiciar un gobierno de Pedro Sánchez apoyado por toda la basura
parlamentaria.
Si Mariano Rajoy, en vez de
político hubiese sido toro, seguro que se lo hubiesen llevado los cabestros a
los corrales por manso. Ha tenido el final que se merecía. Aunque las
consecuencias, como siempre, las vamos a pagar nosotros.
