El ministro de Cultura, el comunista Ernst Urtasun, decidió hace pocos días suprimir el Premio Nacional de Tauromaquia, apelando al “bienestar animal». Una excusa muy pobre para justificar ese ataque a una parte tan importante de nuestra cultura. La diferencia entre un demócrata y un totalitario de izquierdas es muy fácil de explicar, el demócrata, si no le gusta ver algo, no va, el totalitario de izquierdas, lo prohíbe para que no vaya nadie. Eso precisamente pasa con todo lo relacionado con la tauromaquia.
Personalmente, no soy aficionado a los toros, pero siempre los he defendido y he tenido muy claro que un espectáculo artístico deja de llevarse a cabo cuando el público deja de ir a verlo, esto es algo que socialistas y comunistas no entienden, si algún día los ciudadanos le dieran la espalda a los toros y no acudieran a las corridas, la tauromaquia desaparecería, lo de prohibir es propio de totalitarios.
Si se prohibiesen las corridas de toros, que es el objetivo último de la izquierda, la práctica totalidad de toros de lidia y las 1.300 empresas que los crían estarían llamadas a la desaparición, 200.000 parados más y la desaparición de esa maravilla natural que son las dehesas. Quienes piden prohibir la tauromaquia provocarían que el toro de lidia desapareciese, aunque lo mismo, algunos de ellos estarían en zoológicos vislumbrando la extinción de su especie. Los animalistas se han convertido en un cáncer al que la izquierda siempre apoya.
En contraposición a lo anteriormente dicho, para este Gobierno y para Urtasun, el aborto es un derecho, la compasión de la izquierda por los toros no se aplica a muchos seres humanos, exactamente a 2,75 millones de hijos abortados en España desde que se aprobó la Ley, cifra propia de un enorme genocidio que ahora apoya hasta el Partido Popular. Tenemos un gobierno con una ideología aberrante que otorga derechos a los animales mientras se los arrebata a multitud de seres humanos, que finge sensibilidad clamando contra las corridas de toros mientras aplaude el acto de matar a los seres humanos más débiles, inocentes e indefensos.
San Juan Pablo II lo dejó muy claro cuando afirmó “Rechazar la tauromaquia y apoyar el aborto es una contradicción que deja patente el grave trastorno moral que sufre gran parte de nuestra sociedad”.
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