Nuestra selección venció ayer a una “supuesta” selección francesa jugando uno de los mejores partidos que le hemos visto en los últimos tiempos. Digo supuesta, porque esa frase de Rajoy que ha significado un auténtico terremoto político cuando afirmó que “Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses” que incluyó en una columna deportiva, en la calle se entiende perfectamente, pues hay que ser muy torpe para no percibir el reemplazo étnico que se está produciendo en Europa. Lo que ocurre, es que el concepto de “sustitución poblacional” choca frontalmente, contraviene la ideología oficial y los progres, pese a ser evidente, montan en cólera cada vez que alguien destapa lo que son sus perversas intenciones. Desde el punto de vista administrativo, es cierto que España le ganó a Francia, pero desde otro punto de vista, también Europa venció a África.
¿Alguien cree realmente que un título administrativo de nacionalidad provoca en el agraciado un súbito sentimiento de pertenencia a la nación que se lo otorga o lazo afectivo alguno? Y mejor que no hablemos de patriotismo.
Seamos realistas, Europa acoge a muchos millones de personas que proceden de culturas muy diferentes a la nuestra y hasta hostiles con nuestra civilización, casi todas con nulo interés en integrarse, para aprovecharse hasta agotar nuestros servicios públicos y con un fin, conquistarnos pacíficamente mediante la natalidad. Esto no me lo inventó yo, ya lo dijeron los presidentes argelinos, Boumediene y Buteflika.
Los progres, que son claramente antinacionales insisten “cualquiera puede ser nacional de cualquier parte si tiene los papeles en regla”. Pero de verdad os creéis que cualquiera será como vosotros por el simple hecho de pagar impuestos y rellenar los documentos administrativos adecuados. Evidentemente, no es verdad ¿Y los sentimientos?
Los que anoche ganaron, los españoles, lucharon por el amor y sentido de pertenencia hacia su patria, acompañado de orgullo, lealtad y compromiso con la historia, cultura y valores de la nación a la que se siente vinculados y por supuesto, para que su familia pasada, presente y futura se sientan orgullosos de ellos. Por el contrario, me da la impresión, aunque generalizar es siempre malo, que los jugadores “franceses” saltaron al campo con motivaciones muy distintas, más personales y menos sentimentales.
De nada sirve ganar un competición mundial sí la economía de nuestro país no está acorde con el fútbol ó los sentimientos que pueda provocar el éxito de ganar una competición de tan alto nivel