La sola defenestración de
Pedro Sánchez, en sí soluciona muy poco, pues el legado que ha dejado a su
partido está envenenado. Y me estoy refiriendo, a que repitió tantas veces que
le querían echar para que gobernase Rajoy, que ahora los triunfadores parecen
no atreverse a promover la abstención en la investidura de Rajoy por la posible
rebelión de sus militantes.
Y todo esto sucede, cuando
para la gran mayoría de los españoles la gran prioridad sigue siendo el
desbloqueo político que sufrimos y que dura ya nueve meses.
La nueva Gestora socialista
tiene por delante, conducir al PSOE a un Congreso Extraordinario, elegir a un
nuevo líder y fijar la estrategia política de cara al futuro, pero además,
decidir que hace sobre la formación de Gobierno. Teniendo en cuenta que formar
una alternativa de Gobierno al Partido Popular, parece imposible, la otra
opción sería la de llevarnos a unas terceras elecciones, algo que para el PSOE
podría resultar muy perjudicial, lastrado por su fractura interna y por la
imagen de división ofrecida a la ciudadanía.
Lo cierto es, que el PSOE
dispone apenas de quince días para tomar una decisión, pues la fecha límite
para la investidura acaba el 31 de octubre.
Soy de los que piensan, que
el PSOE debería facilitar la investidura de Mariano Rajoy, para con posterioridad
obligarle a negociar todas las reformas que se necesitan hacer, y como no,
consensuar la respuesta del Estado al desafío independentista catalán. De esa
manera, el PSOE tendría tiempo para encarar su renovación o refundación, como
queramos llamarla.
El PSOE debe decidir si, o
vuelve a los valores moderados de la socialdemocracia, esos que siempre han
caracterizado a una izquierda reformista, o continuar en la peligrosa deriva
que les metió Zapatero y que ha continuado Sánchez.
