Hemos
oído estos días a casi todos los líderes políticos desear que la llegada del
nuevo Rey signifique un punto de partida para que se realicen cambios, que
según ellos, son imprescindibles para la supuesta supervivencia de nuestro
sistema político.
Es
evidente, que realizar cambios de calado resulta imprescindible, pero también
es cierto, que antes debemos ponernos de acuerdo en que objetivo se persigue
con dichos cambios.
Curiosamente,
los viejos partidos de esta partitocracia decadente que sufrimos, se niegan a
hacer lo más urgente, es decir, propiciar los cambios necesarios que garanticen
una Justicia independiente del poder político, que garanticen la completa
desideologización de la Educación, que queden garantizados los servicios
públicos básicos, que garanticen que el voto de cualquier ciudadano español
valga lo mismo vote a la opción que vote independientemente de donde resida, que
la corrupción tenga castigo, que quien no cumpla las leyes o se niegue a
hacerlas cumplir sea castigado, y por supuesto, que la unidad de España quede
blindada.
Pues
resulta que no, resulta que la izquierda pretende que España, la nación más
antigua de Europa, deje de ser una nación para convertirse en una realidad
federal, mientras que los separatistas en compañía de la extrema izquierda
pretende que este país pase a convertirse en una realidad directamente plurinacional, eso sí, sin
olvidarnos de esa minoría vociferante que quiere imponernos a todos una
república casposa.
La
reacción del Partido Popular ante esto es totalmente a la defensiva y se ha
instalado en el más absoluto inmovilismo.
Cuando
en un país cohabitan varias crisis a la vez, la nacional, la institucional y la
política, junto con la económica, todos debemos meditar con serenidad que es lo
que más nos conviene para el futuro a corto y medio plazo, todo lo que no nos
aporte estabilidad hay que descartarlo,
y todo lo que no nos aporte más unidad para contrarestar a las fuerzas
disgregadoras, también.
