Este
es uno de esos asuntos de los que casi nadie habla y que casi todos
los partidos, sufren o han sufrido, principalmente en sus comienzos.
Cuando
un partido nace, y a corto o medio plazo, tiene perspectivas de
hacerse con un hueco en la política de nuestro país gracias a
disponer de líderes muy mediáticos, casi automáticamente, y
aprovechando las primeras oleadas de ciudadanos que se quieren unir
al nuevo proyecto, se convierte en objetivo de toda una fauna de
trepas, submarinos de otros partidos y perturbados varios, malas
personas todos ellos que tratan de impedir que el nuevo proyecto
fructifique, o si lo hace, que ellos y sus adeptos tengan colonizado
en el máximo porcentaje posible los órganos de decisión
provinciales o locales.
Acceden
a los órganos de decisión aprovechando que al principio solo basta
cautivar a unos pocos idealistas incautos, la mayoría de ellos sin
experiencia política previa, mediante una personalidad fingida y así
obtener su apoyo. Cuando algunos de los que les rodean empiezan a
darse cuenta de a quien realmente le dieron su confianza empiezan los
conflictos y todo depende de la capacidad de reacción de la
dirección nacional del joven partido para impedir que todo lo
conseguido sea destruido.
Hay
auténticos perturbados mentales que entran en política de esa
forma, y muchos de ellos, aprovechando de que disponen de grandes
recursos económicos tratan de apropiarse, a nivel provincial o
local, el propio partido mediante la compra de voluntades, llegando
incluso a pagar las cuotas de militantes con problemas económicos,
principalmente jóvenes, con la finalidad de poder conseguir mediante
una supuesta “democracia interna” todos sus abyectos objetivos y
ambiciones políticas.
Hay
que reconocer, que pese a ser trepas, submarinos o perturbados,
muchos de ellos son muy inteligentes, y llegan incluso a dar a
entender a muchos que los militantes leales que les han
desenmascarado son los intransigentes, no dudando en, siempre que
pueden, acabar defenestrando a los mejores.
Soy
de los que siempre he defendido la democracia interna en los partidos
políticos, pero empiezo a pensar que los partidos siempre tienen que
disponer de algún resorte para que cuando se detecten militantes
“tóxicos”, el partido pueda actuar de inmediato contra estos
auténticos cánceres.
