Del
incidente protagonizado por Esperanza Aguirre a raíz de una leve
infracción de tráfico, podemos sacar varias conclusiones, que su
comportamiento ha sido inaceptable, que es posible que haya habido
mala fe en los agentes de movilidad, y que en su propio partido, la
actual cúpula, es decir, Mariano y los suyos, esperaban agazapados
el mas mínimo error para intentar acabar con ella. Así de asquerosa
es la política que se practica en este país.
Que
tire la primera piedra quien en alguna ocasión no haya dejado su
coche en un lugar no permitido con las luces de emergencia puestas
para ir a sacar dinero de un cajero automático. Pues ahora resulta,
que debido a la dimensión política del personaje, eso puede ser
algo gravísimo.
Los
agentes de movilidad, sea quien sea el infractor, deben proceder a
multarlo y dejarlo ir, nunca deben aprovechar el tener a un político
famoso delante para dilatar artificialmente la situación e incluso
pedir consejo a su sindicato con intenciones maliciosas.
Es
evidente, que Aguirre se desesperó ante lo que veía y optó,
equivocadamente, por irse sin el permiso de los agentes, con el
agravante de rozar una moto y dejarla caer, para posteriormente
negarse a parar el coche ante los requerimientos de los ya muchos
agentes de la autoridad que la seguían.
El
hecho de que el sindicato aconsejara a los agentes que participaron
en el incidente acudir a los servicios sanitarios alegando ataques de
ansiedad demuestra la burda manipulación política que se quería
hacer del caso.
Si
a todo esto sumamos la reacción del Partido Popular, una reacción
que deja al descubierto las ganas que le tenía Rajoy, nos damos
cuenta de como esta el patio.
En
la España de hoy en día, a los partidos no les importa apoyar y
cobijar a corruptos, en cambio, si alguien a quien quieres quitar de
en medio comete una infracción de tráfico y reacciona de malas
maneras, intentan crucificarlo.
No
intento exculpar a Esperanza Aguirre, pues es culpable, pero
detectemos las manipulaciones interesadas.

Estoy de acuerdo contigo, pero son un atajo de cobardes, mas paraos que el caballo de un fotografo, como decimos en Madrid