El discurso de Pedro
Sánchez de ayer, fue una dura enmienda a la totalidad llena de
descalificaciones al candidato Mariano Rajoy. Le acusó de amparar la
corrupción, de instrumentalizar las instituciones, de recortar los servicios
sociales y de precarizar el mercado laboral, calificando su gestión como de
auténtico desastre.
Lo cierto es, que 180
diputados votaron en contra de Rajoy, quien perdió la primera votación de
investidura y augura que también perderá la segunda.
Casi nadie duda, a estas
alturas, de la animadversión que siente Pedro Sánchez hacia Mariano Rajoy. Cuando
el odio y el rencor existen entre los dos líderes de los dos partidos más
votados, se constituyen en un infranqueable muro para el necesario consenso.
Pese a la obcecada postura
del líder del PSOE, este sigue repitiendo que no habrá nuevas elecciones, y
para ello sería necesario que él mismo presidiera un gobierno de Frente Popular
con comunistas, populistas, independentistas y proetarras. Pero curiosamente,
Sánchez tiene prohibida por su Comité Federal esa opción.
Si como Pedro Sánchez dice
“No es no y siempre lo será”, la única manera de evitar unas terceras
elecciones, sería que los barones socialistas dieran un golpe de mano,
hipótesis que considero poco creíble.
Pedro Sánchez es libre de
opinar lo que quiera de Mariano Rajoy y su gestión, pero comete un gran error y
una gran injusticia, la de ignorar el resultado salido de las urnas. Rajoy ha
ganado las elecciones por segunda vez consecutiva, el PP ha sido el único
partido que ha mejorado sus resultados, ha firmado un acuerdo con Ciudadanos,
ha ofrecido pactos de Estado y tiene el apoyo de 170 diputados. No resulta
lógico ni razonable obligarnos a todos a ir a otras elecciones sin ofrecer
ninguna salida al bloqueo que él propicia.
