El entusiasmo global por los vehículos eléctricos ha empezado a desinflarse. Fabricantes como Ford, General Motors, Volkswagen o Mercedes han parado sus inversiones, retrasado los lanzamientos de nuevos modelos y ya solo apuestan decididamente por híbridos o incluso motores de combustión. Si a ello sumamos el hecho de la supresión de las ayudas públicas por parte del presidente Trump a los vehículos con estos motores aprobados durante las Administraciones anteriores, el futuro de esta imposición ideológica parece comenzar a complicarse.
Las promesas que rodeaban al coche eléctrico han chocado con una realidad mucho más compleja, eso de cero emisiones, mantenimiento barato y autonomía suficiente no es como nos lo pintaban. El elevado precio de compra, la escasa red de puntos de recarga, una depreciación enorme del usado, los incendios, las dudas sobre la durabilidad de las baterías y los crecientes costes del seguro son argumentos suficientes para disuadir a posibles compradores.
El argumento ecológico, piedra angular de la narrativa eléctrica, también empieza a cuestionarse. La fabricación de baterías implica minería intensiva de litio, cobalto o níquel, muchas veces en países sin estándares ambientales ni laborales. La huella de carbono de estos procesos, junto al origen fósil de la electricidad en muchas regiones, pone en duda los supuestos beneficios medioambientales del vehículo eléctrico. Además, los coches eléctricos, por su peso, desgastan más las carreteras y estructuras como puentes o aparcamientos. Estudios recientes señalan que también emiten más partículas por el desgaste de los neumáticos, algunas de las cuales tienen efectos tóxicos sobre la salud.
Otro síntoma que corrobora lo que opino es sin duda el hecho de que la naviera estadounidense Matson ha decidido dejar de transportar vehículos eléctricos e híbridos enchufables en sus buques. La medida, efectiva de forma inmediata, responde al riesgo de incendios provocado por las baterías de ion-litio, un peligro cada vez más reconocido en el sector. La decisión se produce tras el hundimiento del carguero Morning Midas en junio, después de que un incendio originado en la popa por uno de estos vehículos se propagara sin control.
Los incendios en coches eléctricos provocaron el hundimiento del buque Morning Midas y del Felicity Ace en 2022 y del Fremantle Highway en 2023, han puesto de relieve la peligrosidad de estas baterías. La reacción térmica en cadena, conocida como “thermal runaway”, genera fuegos intensos, difíciles de apagar y con riesgo de reactivarse días o semanas después. La situación ha llevado a varias ciudades alemanas a vetar estos vehículos en aparcamientos subterráneos, y a una naviera noruega a prohibirlos.
La retirada de Matson es sólo un síntoma más del desencanto. El futuro de la automoción parece alejarse de la imposición ideológica y volver hacia soluciones prácticas, realistas y sostenibles tanto para consumidores como para la economía.
La realidad del coche eléctrico rebela que solo estábamos ante un espejismo de carácter ideológico, El desplome de ventas, la retirada de ayudas y las alertas por incendios lo han desenmascarado. No obstante, veremos como la UE o gobiernos como el nuestro, siguen dedicando enormes fondos a patrocinar el bluf en vez de dedicarlos a otras necesidades mucho más perentorias de la población.
Lo pueden promocionar en distintos idiomas, lo que está claro es que, es una cataplasma