Nos
acercamos a las próximas elecciones municipales y todos los partidos empiezan a
poner en funcionamiento el sistema que tienen establecido para, elegir o
designar, quien va a ser su candidato en los distintos municipios.
En estos tiempos en los que tanto se habla de
democracia interna y en los que el viejo mapa electoral se tambalea ante la
irrupción de nuevos partidos, el cómo se realice la elección de candidatos
puede convertirse en la prueba del algodón que demuestre si solo se dice o si
también se hace.
Todos
sabemos que los viejos partidos empiezan a aplicar, a regañadientes, una
supuesta democracia interna, claramente obligados por el ambiente existente,
aunque a ellos lo que les pide el cuerpo es el “dedazo” de siempre.
Pero
los que realmente se juegan su credibilidad, presente y futura, son los nuevos
partidos, esos que pregonan que cualquier militante puede presentarse a unas
primarias y si sus compañeros le dan su apoyo puede convertirse en el candidato
del partido.
A
los dirigentes de esos nuevos partidos siempre les sobreviene la tentación de
que su candidato sea alguien conocido, pensando que una cara conocida puede
arrastrar más votos. Desde mi punto de vista se equivocan, olvidan que en un
buen proyecto de regeneración democrática las ideas se valoran mas que las
caras. Y todo esto sin valorar lo que supone imponer a un extraño y despreciar
a quienes durante mucho tiempo han trabajado, en la mayoría de los casos,
desinteresadamente por el proyecto.
Por
lo general, estos intrusos impuestos son recibidos con cierta hostilidad por la
militancia y esta se desentiende en mayor o menor medida en la campaña
electoral, sabiendo que si el impuesto no es elegido desaparecerá y ellos, los
de siempre, seguirán currando por su partido, por eso esa famosa frase de “los
carteles que se los pegue el” siempre se ha utilizado en estos casos.
Ahora
también emplean, para disimular, un
sistema mixto, convocan primarias pero el aparato se decanta descaradamente por
alguien en particular esperando que así arrase y permiten que el militante que
lo desee se enfrente a él en condiciones de palmaria inferioridad, algo desde
mi punto de vista muy poco democrático.
Un
candidato de un partido que enarbola un proyecto que pretenda regenerar nuestra
imperfecta democracia no puede representar los defectos que ese proyecto
critica en los demás. Si el mensaje es que los ciudadanos recuperen el control
de la política y de las instituciones, no designemos a ningún miembro de esa
conocida fauna de trepas que deambulan por los distintos platós, por las
distintas redacciones o pertenecen a esa sociedad pija a la que “le suda” el
sufrimiento de gran parte de la población.
