Esta semana le ha tocado a
Plácido Domingo, alguien ha decidido acabar con su reputación, 9 mujeres, 8
cantantes y una bailarina, todas anónimas menos una, se han puesto de acuerdo
en denunciarle por intentar acostarse con ellas en el pasado lejano. Parece,
tras conocer de lo que se le acusa, que más que abuso hubo insistencia en
querer llevárselas a la cama. El hombre que le hace a una mujer insinuaciones o
proposiciones verbales, más o menos torpes, no es un delincuente, es
simplemente un hombre. Incluso, la denunciante que afirma que se acostó con él,
afirmó simplemente que accedió porque “Me quedé sin excusas”. No obstante, reconozco la dificultad en definir donde está la línea divisoria entre el pesado y el acosador.
Parece extremamente dudoso
que la ley castigue como acoso la teórica insistencia, lo más probable es que
el nombre del tenor quede limpio judicialmente, pero muy dañado a perpetuidad
en la causa mediática paralela.
Pero la carrera profesional
de Plácido Domingo empieza a resentirse, en EEUU, allí donde el feminismo
inquisitorial está en auge, le han cancelado sus contratos, porque allí, cuando
no hay pruebas que refutar ni testigos de la acusación confrontados a un careo,
ni abogados defensores, jurado, jueces o leyes, es donde el #MeToo ha logrado
hacerse fuerte y constituir la nueva Inquisición.
El movimiento #MeToo ha
derivado en una guerra de procesos mediáticos donde el supuesto verdugo,
indefenso y desprovisto de herramientas legales, termina sometido a un suplicio
público que termina irremediablemente, con su completa e irreparable
defenestración.
Quien acusó a Kevin Spacey,
llegado el momento, se negó a declarar, retiró la demanda civil, y la Fiscalía
archivó la vía penal. A fecha de hoy, no hay nada en los tribunales contra el
actor, pero Spacey fue expulsado de forma ignominiosa de la serie que él mismo
hizo mito, «House of cards», le cancelaron todos sus proyectos de futuro, y
profesionalmente es un cadáver.
Parece evidente, que el
feminismo ha resucitado la Inquisición, peligro.
