Se ha celebrado el Congreso del Partido Popular de Galicia y su cúpula nacional encabezada por Pablo Casado, ha intentado dar imagen de unidad llevando allí a sus presidentes autonómicos y a los líderes regionales que están en la oposición, dando a entender que las diferencias existentes entre Génova y sus barones, y entre estos mismos, se han superado.
Nos han querido convencer de que su proyecto político es sólido y fiable pese a su “heterogeneidad, su diversidad, sus discursos múltiples y sus matices tan distintos”, vamos, la cuadratura del círculo, pero desgraciadamente, eso no es creíble, eso no cuela, y prueba de ello, son a modo de ejemplo las grandes diferencias ideológicas entre Alberto Núñez Feijoo e Isabel Díaz Ayuso. Mientras la segunda acaba de crear la Oficina del Español, Feijoo lleva ya demasiados años implementando una inmersión lingüística indecente copiada de la llevada a cabo por los separatistas catalanes y encaminada a expulsar al español de la Educación y de las instituciones gallegas. Precisamente por lo que está perpetrando Feijoo, los catalanes constitucionalistas, que han sido siempre las grandes víctimas de esa infame inmersión lingüística, le han dado la espalda quien sabe si definitivamente a este PP en las últimas autonómicas catalanas convirtiéndolo en un partido casi residual.
Da la impresión de que, tanto para Rajoy como para Casado, lo importante es proteger a quien gana con sucesivas mayorías absolutas en una Comunidad, sin importar “como lo hace”.
Una cosa son los montajes propagandísticos de un partido político, y otra, la cruda realidad, y esa realidad es que una parte importante del votante tradicional del PP, en cuanto llegó Vox a la política española, les dijo adiós, pues para la España decente, los valores y los principios, sí que cuentan.