Cada vez que estalla un
nuevo caso de corrupción en el que están afectados políticos de un determinado  partido, tanto los votantes, como los
militantes de dicho partido, se sienten defraudados, engañados y traicionados.

Da la sensación, que ayer
cuando anunciaba su dimisión Esperanza Aguirre, la embargaba una sensación muy
parecida, la de haber sido traicionada, defraudada y engañada por sus más
estrechos colaboradores, por esos en los que confió plenamente.

Conviene dejar claro, que
Esperanza Aguirre, pese a los casos, Gürtel, Púnica y Lezo, nunca ha sido ni investigada ni imputada, por
lo que solo se le puede reprochar hoy por hoy, el no haber elegido bien a sus colaboradores
y no haberlos vigilado suficientemente.

Mientras que otros
políticos se niegan a dimitir cuando son, imputados o investigados, ella en un
infrecuente ejercicio de responsabilidad política individual, sí que lo ha
hecho.

Aguirre ha sido objeto de
una auténtica persecución por los medios controlados por el Gobierno, y
entregados a la extrema izquierda. Sus sucesivas mayorías absolutas y una
gestión notable, humillo en la derrota a sus adversarios, por lo que se
convirtió en el enemigo a batir en esa cacería inmisericorde en que se ha
convertido la política española, sus enemigos ideológicos la odiaban.

Lo único que se le puede
anotar en el “debe” a Aguirre, es su falta de coraje para enfrentarse a Mariano
Rajoy enarbolando la bandera de los valores y principios liberal-conservadores,
esos que Rajoy abandonó hace tiempo, y por los que clama la base social de la
derecha española. Y lo curioso es que Rajoy está mucho más salpicado de
corrupción que lo que ella estaba.

Rajoy ha conseguido acabar
con todo aquel que dentro del PP podría representar una amenaza para su
persona, es decir, para sus ambiciones de permanencia en el poder.

Por otra parte, la
estrategia de Rajoy es clara, le entregaron las televisiones a un duopolio que
se encarga de fomentar el proyecto totalitario izquierdista como la amenaza que
ha de mantenerle en el poder como mal menor. Pero esto tiene como fatales
consecuencias, que de la enorme corrupción del PSOE no se hable, ni tampoco de
la financiación sangrienta de Podemos.

Mi conclusión es, que la
que se va, no es precisamente peor que los que se quedan, simplemente eso.

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