Tengo que reconocer, que
Francisco Correa me sorprendió bastante, pues lo normal es que una persona para
el que la Fiscalía pide 125 años de prisión como cabecilla de una presunta
trama de financiación ilegal del Partido Popular, no demuestre tanto control y
tanta seguridad en sí mismo.
Lo que es una verdadera
pena, es que personas como Correa, portadoras de grandes potencialidades, hayan
optado por el mal camino, por ganar dinero como sea, en vez de dedicarse a
trabajar por el bien común desde
cualquier puesto de responsabilidad pública.
Gürtel es el ejemplo, de
qué es lo que ocurre cuando se juntan políticos sin escrúpulos con delincuentes
de guante blanco, quienes a la sombra del boom económico, aunque de forma
indirecta en muchos casos, se dedicaron a saquear las arcas públicas.
Y es que todo es muy
sencillo, Bárcenas tenía los contactos políticos, y Correa los empresariales.
Si Bárcenas conseguía concesiones o concursos públicos para los contactos de
Correa, estos se lo agradecían pagándoles la correspondiente comisión. Lo que
recibía Correa era para él, y de lo que recibía Bárcenas ¿Cuánto era para él y
cuanto para financiar a su partido? Esa es la gran pregunta.
Correa, en su larguísima
declaración, culpó a los cargos del PP que ya han sido “pillados”, y en cambio,
trató de exculpar a los demás, sobre todo a Rajoy. Incluso, aunque
circunscribió sus actividades a la era de Aznar, a este no lo implicó. Lo que
sí hizo, es proyectar la sombra de la sospecha sobre Javier Arenas, Pío García
Escudero y Álvarez Cascos, con los que afirmó haber tratado.
Correa parecía no acusar el
cansancio de su larga intervención, y en todo momento fue dueño de la
situación, dijo lo que quiso y como quiso. Defendió que hacer regalos es práctica
habitual en el sector privado, detalles con quien te da tanto dinero a ganar.
Lo cierto es, que nos guste
o no, esta partitocracia es eso, lo que vemos en el caso Gürtel y otros muchos,
y desgraciadamente, mucho hablarnos de regeneración, pero en el ámbito de los
hechos, nada de nada, se ve muy poca voluntad de acometerla, tanto en los
viejos partidos como en los nuevos.
