Europa estaba y aún lo está, pero ya menos, inmersa en un viaje que la iba a conducir inexorablemente a su autodestrucción, resultado de la aplicación de políticas carentes de sentido común, temerarias, absurdas y antinaturales. Europa y Occidente iban encaminados hacia el abismo de la negación de su propia esencia e identidad, en contra de su desarrollo económico, de su seguridad, de sus libertades y por ende, de los principios e intereses de sus ciudadanos. Fruto de esa deriva es sin duda su decadencia y su actual irrelevancia internacional.

Pero los tiempos están cambiando y cada vez más europeos, hombres y mujeres de bien, ven la necesidad de llevar a cabo un cambio de rumbo que personalmente creo ya ha comenzado y que significa volver a la senda de la sensatez para terminar con las políticas absurdas envueltas en tópicos buenistas que ocultan un colectivismo liberticida e intolerante promovidas por socialistas y aceptadas por la mansada de los populares.

Hasta no hace demasiado tiempo, no se podían abordar asuntos tales como le lucha contra el wokismo, por la libertad de expresión, los problemas derivados de la inmigración ilegal, las consecuencias de la aplicación de las políticas verdes, la preservación de las identidades nacionales y la soberanía. En definitiva, todos temas enlazados con la recuperación de la normalidad, las tradiciones y el respeto de los derechos y libertades fundamentales, era políticamente incorrecto, pero eso ya ha cambiado. Ya está bien de que esa deriva suicida impulsada por las élites del poder sustentada en minorías que, en definitiva, son lobos con piel de cordero, le impongan el rumbo a nuestra civilización.

La sensatez ya ha llegado a Argentina, Italia, Países Bajos, Austria, Finlandia, República Checa y Hungría, hasta a la política “interna” que lleva a cabo la nueva administración norteamericana, mientras también comienza a verse el crecimiento de conservadores, patriotas y soberanistas en Rumania, Francia, Alemania, Suecia, España y el resto de Europa.

Parece que querían que olvidáramos que los países que conformamos la Unión Europea son el resultado de siglos de historia, de culturas y tradiciones de pueblos diferentes, pero que han sido forjados en el legado de la cultura griega, romana y judeo-cristiana con los principios morales que conforman la civilización occidental. Desde la Unión Europea se debería bregar de manera inquebrantable por el respeto a la soberanía de cada nación, de acuerdo con su espíritu fundacional.

Las naciones europeas no deberían aspirar a formar parte de un súper Estado uniforme, sino aspirar a la construcción de una alianza de naciones fuertes. Este criterio acerca del futuro común debería estar basado en el respeto mutuo y en la libertad, sin implicar la erosión de las particularidades culturales ni la imposición de valores ajenos a las realidades nacionales ni el sacrificio de la soberanía. Este enfoque llevaría a la reconstrucción del equilibrio en la Unión Europea. Para una Europa fuerte los europeos necesitan naciones fuertes capaces de recorrer el camino de paz, prosperidad y desarrollo tan deseado.

Millones de ciudadanos han expresado este deseo mediante el voto en las últimas elecciones europeas. Los líderes políticos deberían tomar nota y asumir el desafío con determinación y audacia, pero también voluntad política y responsabilidad para no dejar pasar una oportunidad histórica, tal vez irrepetible. El cambio de rumbo y de era está en marcha. Evidentemente, los que ahora desgobiernan sus países y la UE se resisten, limitándose a llamar “ultraderecha” a esos movimientos políticos y ciudadanos a los que no podrán frenar y que en un futuro próximo están llamados a salvar nuestra civilización.

Un comentario en «Hagamos una Europa grande otra vez»

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