Que el 23 de octubre,
después del calvario político que hemos pasado, alguien se atreva a decirnos
que ir a unas terceras elecciones es lo peor, no lo puedo entender. Siempre
defendí que el partido más votado, en este caso el Partido Popular, debía
gobernar, y mucho más cuando la alternativa era imposible y terrible, pero a
solo cincuenta días de esas hipotéticas terceras elecciones, he cambiado de
opinión.
Veo indefendible, que lo
mejor para España sea un gobierno de Rajoy en precario incapaz de hacer frente
a las grandes reformas que necesitamos y a los grandes retos que como país
tenemos por delante. Veo catastrófico para el PSOE, que su Comité Federal de
hoy decida con su abstención, total, parcial o técnica, su suicidio. Y lo digo
porque no solo no solucionará sus problemas internos, si no porque propiciará
que de hecho, Podemos se convierta en la oposición real al gobierno del Partido
Popular y en el referente de la izquierda, independientemente de que tenga menos
escaños que el PSOE.
Aunque el PSOE perdiese
escaños en esas hipotéticas terceras elecciones, no habría traicionado a su
abducido electorado, podría excluir de esas listas a los “podemitas”
infiltrados, y con posterioridad, dispondría de tiempo para reeducar a esas
bases aquejadas del perverso e insano “zapaterismo y sanchismo”.
Por otra parte, dicen todos
los sondeos, que el Partido Popular aumentaría sus escaños y junto con
Ciudadanos podría gobernar desahogadamente, algo que en estos momentos sería muy
importante para el país.
Y aquí viene la gran
pregunta ¿Por qué Rajoy no se atreve a forzar esas terceras elecciones si tanto
benefician? Pues es muy sencillo, por los complejos de siempre, porque cree que
si la ciudadanía detecta que quiere eso, después de decirnos lo malas que
serían otras elecciones, podrían muchos españoles retirarle su apoyo. Al final,
llego a la conclusión de siempre, por el interés general no mira absolutamente
nadie.
