Cuando en una sociedad se
produce la llamada “tormenta perfecta” es muy difícil predecir lo que va a
suceder después. Cuando se junta una gran crisis económica con enormes
desigualdades e injusticias flagrantes en un sistema aquejado de metástasis por
corrupción, cualquier cosa puede acontecer.
Los únicos responsables de
todo lo que sucede son los viejos partidos, unos partidos que saben
perfectamente que es lo que se tiene que hacer, pero que no pueden hacerlo,
pues la solución conlleva derribar ese chiringuito que mantienen en pie y a
nuestra costa, y que les proporciona todos sus privilegios.
Por ello, que no tiren de
cinismo y se hagan los sorprendidos cuando irrumpen en el panorama político
nuevas formaciones, pues ellos son los que lo han provocado dejando huérfanos a
tantos ciudadanos que se rebelan contra lo que tenemos.
La clave de lo que pasa en
España está en los jóvenes, sobre todo universitarios, preparados pero sin
futuro, condenados al paro, al empleo basura, o simplemente a abandonar su país,
no son emigrantes, son expulsados por una sociedad que ha fracaso y no les da
oportunidades.
Mientras esto sucede,
muchos directivos se embolsan indemnizaciones millonarias tras gestiones
nefastas con despidos y recortes de salarios. Al igual que los principales partidos
están hasta las cejas de corrupción, el caso Gürtel del PP, los ERE y los cursos
de formación del PSOE y el caso Pujol de CiU, aquí no se salva ni uno, ante
ellos, tratan de taparlo todo, de cubrirse unos a otros, de mirar para otro
lado, mientras que los ciudadanos los observamos con indignación.
El populismo ha llegado
para quedarse, y se nutre de cada golfería y de cada injusticia de los dueños
del sistema. Estos solo tiene dos salidas, o el sistema es salvado por los que
propugnan la regeneración, o el sistema lo dinamitan los que han dejado de
creer en él; mientras más se pretendan blindar los viejos partidos en su status actual, solo conseguirán
provocar más sufrimiento a esta sociedad.
