Mientras María Corina Machado, reconocida internacionalmente y galardonada con el Premio Nobel de la Paz, mantenía en Madrid encuentros con figuras políticas españolas como Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, optaba por una estrategia muy distinta en el plano internacional. En lugar de acercarse a líderes de democracias consolidadas, se rodeaba de mandatarios ampliamente cuestionados, caracterizados por sus prácticas autoritarias y por su trayectoria en el debilitamiento sistemático de las instituciones democráticas en sus respectivos países.

Esta línea de actuación no parece casual, sino parte de una calculada operación de imagen. Sánchez habría iniciado una campaña orientada a proyectarse como un dirigente influyente en la esfera global, tratando de compensar mediante apoyos externos la pérdida de respaldo que experimenta dentro de España. Sin embargo, los aliados que elige en este intento revelan unas inclinaciones muy preocupantes y una afinidad ideológica que despierta inquietud.

En esta línea, nuestro presidente promovió en Barcelona un encuentro que reunió a representantes políticos de 21 países bajo el lema “En defensa de la democracia”. No obstante, dicha consigna resulta, profundamente contradictoria e incluso irónica, dado que varios de los participantes proceden de sistemas donde las libertades públicas están seriamente comprometidas y donde el poder se utiliza con frecuencia para limitar la oposición, controlar las instituciones y restringir derechos fundamentales.

Entre los asistentes se encontraban dirigentes como Lula da Silva, Cyril Ramaphosa, Gustavo Petro o Claudia Sheinbaum, entre otros perfiles similares. Estos líderes son señalados por sus detractores como cercanos a regímenes como los de China o Rusia, así como por mantener posturas ambiguas o permisivas frente a organizaciones calificadas como terroristas o vinculadas al narcotráfico. Desde esta perspectiva crítica, la reunión de Barcelona no representaría una auténtica defensa de los valores democráticos, sino más bien una puesta en escena que evidencia las verdaderas alianzas y preferencias del actual Gobierno español.

De este modo, el acto no se interpretaría como un intento de acercamiento a las democracias más sólidas y respetadas del mundo, aquellas que mantienen distancias con Sánchez y lo relegan en los principales foros internacionales, sino como una reafirmación de afinidades con gobiernos cuestionados. En definitiva, el presidente no busca rodearse de referentes democráticos, sino de dirigentes que comparten prácticas, estilos de gobierno y niveles de exigencia ética similares, caracterizados por la corrupción, la falta de principios y la vulneración de normas básicas del Estado de derecho.

Un comentario en «Sánchez junta a la basura política mundial»

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