Aún recuerdo, cuando mi
abuela me contaba esas historias de la posguerra, esas historias de carencias,
estrecheces y falta de higiene. En la mente de aquel niño que fui, siempre
asociaba aquella época con las pulgas y los piojos, quienes principalmente
protagonizaban aquellos relatos.
Pues bien, tres cuartos de
siglo después de aquellos difíciles años, en Sevilla están sucediendo unos
tristes hechos que parecen sacados del túnel del tiempo. En pocos días, tres
colegios, uno en la provincia y dos en la capital, se han visto obligados a
cerrar sus puertas afectados por una plaga de pulgas, por supuesto, colegios
públicos.
No hace falta decir, la
alarma que se ha generado entre los padres de los alumnos, de esos y otros
centros, pues para acabar con las mencionadas plagas hacen falta medios de los
que no se dispone, o están en mal estado.
Como consecuencia de lo
ocurrido, ha quedado de manifiesto el grado de precariedad con la que trabaja
el servicio zoosanitario del Ayuntamiento de Sevilla, servicio encargado del
control de plagas. De los cinco vehículos de que dispone, solo uno está
operativo, pues el resto no cumplen la normativa. También se ha denunciado, que
los productos biocidas que se están aplicando “han superado con creces la fecha
preferente de aplicación”, vamos que “están caducados”, por lo que su
efectividad puede verse claramente reducida, algo que se ha conocido a raíz de
una fallida intervención, y que ha provocado que se tenga que repetir el
protocolo. Consecuencia, alumnos que siguen sin poder dar clases.
Los servicios municipales
sevillanos han sufrido enormes recortes presupuestarios, tanto en materiales
como en personal, lo que ha hecho que la prestación de los servicios públicos
esté a unos niveles impropios de una gran capital como Sevilla.
Estos políticos, nunca
recortan en su nómina ni en sus privilegios, siempre recortan en la calidad de
los servicios que nos prestan a quienes les pagamos con nuestros impuestos sus
suculentos sueldos.
